Somos lo que comemos!… ¿Sabemos qué comemos?

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Vivimos en una época de cambios… quizás demasiados y demasiado rápido…

Las noticias vuelan y más en el caso de la alimentación, donde la información es mucha, y a veces contradictoria y exagerada.  Es frecuente que no nos dé el tiempo para comprobar la autenticidad de los trabajos realizados, para conocer los resultados de la aplicación en la población en esos cambios y para saber si los cambios realmente tienen una acción beneficiosa para nuestro organismo.

El hombre, a diferencia de los animales, es omnívoro: puede comer alimentos tanto de origen animales como vegetal ya que su aparato digestivo está preparado para ello: desde los dientes y la saliva de la boca, como las distintas enzimas digestivas que segregan estómago, hígado, páncreas e intestino, y que nos ayudan a digerir e incorporar los nutrientes que necesitamos para prevenir la desnutrición, sobre todo en niños, que es fácil de diagnosticar porque hay disminución del peso, adelgazamiento… y muchas veces falta de apetito. 

Pero el problema actual es la disnutrición: cuando los alimentos están carenciados en esos nutrientes esenciales… o por desconocimiento los eliminamos… o “nos los eliminan”  y los reemplazan por químicos –que la célula no puede utilizar para realizar sus funciones biológicas- se altera el metabolismo: no hay falta de apetito sino voracidad, buscamos comer más: el sistema nervioso aumenta el apetito  para poder conseguir la energía necesaria para las células, pero generalmente buscamos más de lo mismo: alimentos modificados: por lo tanto caemos en un círculo vicioso: aumentamos la ingesta sin solucionar el problema… sino que, al contrario, se intensifica el depósito de grasas, sobretodo en hígado y abdomen -que son  peligrosos  porque produce factores inflamatorios que lo relacionan con enfermedades cardiovasculares, hipertensión, hipercolesterolemia, diabetes tipo 2, e incluso el aumento de peso, que puede provocar artrosis en caderas y rodillas.

Un ejemplo preocupante  son las epidemias actuales de enfermedades metabólicas, reconocidas por organismos internacionales como OMS y FAO, que promocionan el cambio alimentario hacia una alimentación “limpia” de químicos, como edulcorantes, entre ellos el jarabe de maíz de alta fructosa –JMAF- que causa daño hepático-, exaltadores del sabor, como el glutamato monosódico –GMN– que no sólo aumenta en un 40% la ingesta y nos obliga prácticamente a comer, sino que contiene sodio, peligroso para hipertensos y obesos. Claro que esas palabras no aparecen en las etiquetas sino por sus siglas, que muchas veces desconocemos, o no las vemos en la letra chica de las etiquetas.

El cambio hacia una alimentación natural, azúcares e hidratos de carbono  integrales, que sí contienen glucosa, pero unida naturalmente a sus fibras, permite que esta se libere lentamente a lo largo del  intestino (la longitud total del intestino es de 7mts.)y se absorba, por lo tanto no produce un aumento rápido y exagerado en la sangre y permite al páncreas producir la cantidad de insulina necesaria para que las células puedan absorberla y utilizarla.

El mantenimiento de una glucemia –medida de azúcar en sangre– se mantiene en límites normales y las células no envían al cerebro el aviso de comer más. 

Tengamos en cuenta que todas las células necesitan glucosa para obtener energía, especialmente el cerebro y los músculos.

La ingesta de alimentos con fibras naturales que se encuentran en cereales integrales, legumbres, verduras y algunas frutas como la banana, no sólo permiten que se equilibre la Insulina, se normalice la glucemia en sangre y con el tiempo se recupere la función pancreática -aun en el caso de estar utilizando medicación–; dan sensación de saciedad porque tardan más tiempo en digerirse en el estómago y disminuye el apetito, porque las células cubren sus necesidades.

Además las fibras tienen una importante función como alimento de las bacterias acidófilas presentes en intestino grueso: esas bacterias lo protegen de inflamaciones, infecciones, candidiasis, infecciones urinarias y constipación.

La motilidad intestinal diaria es muy importante para nuestra salud: ayuda a eliminar sustancias como colesterol, hormonas sexuales –del  hombre y la mujer-restos de tóxicos presentes en alimentos y en el medio ambiente, y de químicos metabolizados por el hígado que podrían afectar al sistema inmune.

Otra ventaja de las fibras es que podemos comerlas, no necesariamente con  cereales integrales o legumbres, que a veces no conseguimos o no tenemos tiempo de cocinar, sino que basta con equilibrar el plato con la mitad de verduras crudas y/o cocidas –condimentadas con aceite- y la mitad de arroz o fideos blancos, polenta, lentejas, o carnes –en caso de no ser vegetariana: la solo presencia de fibras en la alimentación hace que automáticamente cumplan con su función protectora del metabolismo y del intestino.

El vegetarianismo no es sinónimo de salud en algunos casos, ya que puede haber carencia, no sólo de vitamina B12, sino de otros nutrientes si no están en la proporción correcta, sobre todo en etapas de crecimiento y desarrollo, en embarazo y en personas mayores.

El ser vegetariano debe ser una opción de vida que seguramente mejorará su organismo si es elegido pero puede provocar inconvenientes si es exigido.

 Dra. Elba Albertinazzi 
Asoc. Arg. de Médicos Naturistas
info@aamenat.org.ar

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