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VASTU SHASTRA: El Yoga de las casas

Desde que te levantás hasta que te acostás, hay una enorme cantidad de acciones que suceden en automático: abrir una puerta, apoyar las llaves, prender la luz, mirar el celular, sentarte a comer. No está mal, ese “piloto automático” es necesario: te permite funcionar sin tener que pensar cada paso.
Pero al mismo tiempo tiene un efecto silencioso: tiende a repetir siempre lo mismo. Los mismos movimientos, los mismos recorridos, la misma forma de habitar tus espacios. Y ahí aparece una pregunta interesante: ¿qué pasa cuando, en medio de todo eso, introducís un poco de consciencia? No se trata de hacer grandes cambios ni de volverte más lento, a veces alcanza con algo mínimo: estar presente en un gesto simple.
Por ejemplo, abrir una ventana y realmente registrar el aire que entra. O apoyar un objeto con atención, en lugar de “tirarlo” sin mirar. O detenerte un segundo antes de responder un mensaje. Son detalles, pero no son menores, porque cuando aparece la consciencia, cambia la calidad de lo que hacés. Y eso, inevitablemente, cambia lo que se genera alrededor.
Muchas tradiciones y culturas hablan de “energía” para referirse a esto. Y aunque la palabra puede sonar abstracta, la experiencia es bastante concreta: no se siente igual un espacio recorrido con apuro y distracción, que uno habitado con cierta presencia. Ahí es donde este tema se conecta con el Vastu Shastra, la antigua disciplina de origen indio que estudia la armonía en los espacios.
El Vastu suele asociarse con la disposición de una casa: orientaciones, proporciones, distribución de ambientes. Y sí, todo eso influye, pero hay algo igual de importante que muchas veces se pasa por alto: la manera en que usamos esos espacios. Una casa no es sólo su diseño, sino que también es importante cómo la habitamos. Podés tener un entorno perfectamente organizado desde lo técnico, pero si lo recorrés de forma automática, sin registro, es probable que algo no termine de fluir. Y al revés: pequeños cambios en tu forma de interactuar con el espacio pueden generar transformaciones muy profundas, incluso sin mover un solo mueble. Entrar a tu casa y realmente sentir que estás entrando.
Abrir una puerta con intención. Ordenar algo con presencia. Son gestos simples, pero empiezan a modificar la calidad del ambiente.
Se trata de favorecer una circulación armoniosa de la energía. Y esa circulación no depende sólo de las paredes o la orientación, sino también de cómo te movés dentro de ese lugar, de la atención que ponés en lo cotidiano. La buena noticia es que no necesitás saber nada técnico para empezar, podés probar algo muy simple hoy mismo: Elegí una acción cotidiana —la que sea— y hacela con total atención.
Puede ser lavarte las manos, servirte un vaso de agua, cerrar una puerta. Pero hacelo distinto: sin apuro, sin pensar en lo que sigue. Sólo estando ahí.
No te va a llevar más de unos segundos. Pero puede cambiar cómo te sentís… y cómo se siente el espacio. Y si querés profundizar, podés sumar estos pequeños ejercicios:

  1. Probá cambiar levemente un recorrido habitual dentro de tu casa, caminando un poco más despacio o prestando atención a cada paso, como si ese trayecto fuera nuevo y no algo que ya conocés de memoria.
  1. Elegí un espacio puntual de tu casa —una mesa, la entrada o un rincón— y ocupate de mantenerlo en orden con atención. No como una tarea más, sino como un momento consciente. Ese pequeño gesto, sostenido en el tiempo, empieza a generar claridad y cambia cómo se siente ese lugar.
  1. Antes de empezar cualquier actividad al llegar a tu casa, tomate unos segundos en la entrada para detenerte, respirar y registrar que estás pasando de un ámbito a otro, en lugar de seguir en automático.
  1. Antes de mover, acomodar o cambiar algo en tu casa, probá detenerte unos segundos y observar ese espacio tal como está. Sin intervenir, sin apurarte. Mirá los objetos, el orden, la sensación que genera. Esa pausa, aunque breve, cambia la forma en que decidís. Ya no es automático: aparece una elección más clara, más alineada con lo que realmente necesitás en ese momento.
  1. Al final del día, elegí un gesto simple —como apagar una luz, cerrar una puerta o acomodar un objeto— y hacelo con atención, como una manera de cerrar el día con un pequeño acto de orden interno y externo.

No son grandes acciones ni cambios drásticos, sino pequeños cortes en lo automático que interrumpen la inercia cotidiana. En esos instantes, aunque sean breves, ocurre algo clave: dejás de repetir sin darte cuenta y empezás a elegir con mayor claridad. Y cuando aparece esa elección, algo se acomoda, tanto adentro tuyo como en el espacio que habitás.
No hace falta transformar toda tu casa para empezar a vivir mejor en ella. A veces, es suficiente con transformar la manera en que estás presente ahí, en lo simple, en lo cotidiano

Dardo Gutierrez
Dardo Gutierrezhttp://www.vastu.com.ar
Arquitecto y consultor de Vastu Egresado de American Institute of Vastu, California, EEUU

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