Estar presente

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Comprender el lenguaje del cuerpo y buscar, desde sus señales, la sensación de bienestar, me permitió advertir la experiencia del “estar presente”. Es una manera de desconectarme con la mente y buscar, a través de los sentidos, la voz interior. Cuando me entrego a ese sutil estremecimiento se me abren puertas hacia lugares poco habituales. Por ejemplo me gusta percibir cada gesto de la gente, cada postura, los tonos de voz y el modo que se transforma su hablar a medida que las palabras van bañándose de emoción. Recuerdo con mucha admiración a quien me ofreció las primeras herramientas para investigar las leyes de la naturaleza corporal, manaba pura espontaneidad y eso era lo que enseñaba. Su naturalidad resultaba tan seductora como elocuente, tan al margen de papeles ensayados, sin adornos, como actitudes sin maquillaje. Me hacía ejercitar la capacidad autoperceptiva y generaba escenarios que permitían dejarme llevar por la caótica asonada de los sentidos. A partir de ese primer día se me despertó un entusiasmo ardiente por continuar aprendiendo el modo de encontrar la propia naturaleza y se agudizó cada vez cuando volvía a cruzarme con ella. Simultáneamente, advertía que ese hallazgo no era un des- cubrimiento individual, sino que se for- talecía mediante el contacto con los otros. Podía registrar en los demás diversas formas de experimentar el mundo, algunos estaban ausentes, otros hipnotizados, otros presentes y otros en proceso de cambio, muy sensibilizados. Observaba en algunos que, quizá habían pasado años viviendo habituados, adap- tados, por fuera de su presencia, pasaban de largo las señales del cuerpo porque la vida había transcurrido adormecida. Sin embargo, cada uno de ellos me enseñó que, más allá del dolor padecido, o las corazas que construidas, existía un potencial. Otros creían que había perdido la esperanza de un cambio, sin embargo, con tolerancia y paciencia pudieron sortear los laberintos mentales y se fueron encaminando hacia una mirada interior con base a la sensibilidad corporal para advertir ese potencial que guardaba su presencia. Así surgían nuevos comienzos, el preludio de un giro, de un movimiento. Advirtieron que, si en el pasado había existido la pobreza de un cuerpo que no lograba reaccionar y sentía que estaba de sobra, en el presente podía haber lugar para ser y estar. Reconocerse desde el cuerpo, es hacer presente fragmentos de existencia, es avivar el desfile de sensaciones para encontrarse. Aquí y ahora el momento sobreviene, pasa por el corazón. En un instante aparecen, ciertos detalles antes no reparados. Una sensación cobra senti- do. Sale a la superficie de la conciencia algo que estaba unido a una nebulosa racional. El cuerpo ha seleccionado, esta vez la mente no traiciona ni tampoco se esfuman las emociones. El presente está en uno vinculado a la magia de las per- cepciones. Una melodía, una mirada, un toque y la recomposición de una figura corporal diferente. Desde una brumosa presencia a una quietud enraizada. El cuerpo habla a través de nuestra pre- sencia. Aprender a entrañar sus códigos implica un trabajo de sutil y profunda labranza. Los vuelcos del corazón se ins- criben en el cuerpo. Arden a través de la piel cuando se siente reconocimiento, resplandece cuando se percibe el amor, se surca cuando se advierte dolor, se enciende cuando deviene el calor de la excitación, se bloquea cuando nota la frialdad de la desconfianza. Habla balanceándose sin parar cuando hay ansiedad, se entorpece cuando hay nerviosismo y tiembla cuando hay miedo. Nuestra cultura jerarquiza la excelencia en el desarrollo de un perfeccionado lenguaje verbal y a veces desmerece el sorprendente y sanador lenguaje corporal. Ambos pueden complementarse si buscamos la integridad. El cuerpo no suele mentir. Observémonos, es otra manera de concebir el existir.

Alejandra Brener
Terapeuta corporal bioenergetista
espacioatierra@gmail.com

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