El poder de las palabras

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En el mundo todo vibra, todo está en movimiento. Vibra cada átomo que forma una piedra, una pared o una mesa. La quietud no existe.
La vibración indica que hasta lo que creemos quieto, tiene vida, que todo vive y únicamente existe la vida. Cuando una persona, un animal o una planta «mueren» los átomos que formaban sus cuerpos pasan a transformarse en sustancias distintas para luego recomponerse en otras formas, y seguir viviendo. Existe una manera de usar las
vibraciones que se encuentran dispersas en el aire para que actúen a nuestro beneficio y que a la vez cambien las condiciones negativas de las vidas de personas y pueblos.
Es una manera tan sencilla, que tal vez sea su propia sencillez la que la mantenía oculta y velada para la mayoría de la gente, se trata de usar EL PODER DE LA PALABRA, para cambiar aquello que nos perjudica.
Las palabras que pronunciamos son vibraciones que están investidas de poder. Con
palabras Dios creó el mundo y las personas conservan en la palabra el poder Creador. Por eso es muy importante, si queremos que nuestra vida y el planeta mejoren, que cuidemos de lo que decimos. Una palabra de enojo, un insulto, una palabra despreciativa, emiten una vibración negativa que, una vez lanzada al aire, se junta con otras vibraciones de igual valor y se multiplican formando alrededor de gentes, hogares y ciudades verdaderas «cargas destructivas» que envuelven y ahogan a los que las emitieron. Existe una Ley Cósmica: la Ley del Círculo. Establece que todo lo que sale de alguien recorre un camino durante el cual se une a energías similares y vuelve a quien la emitió cerrando un círculo. Por eso el Universo devuelve aumentado todo lo que damos. Es más inteligente (y más prudente) cuidar las palabras que decimos, para que cuando vuelven «acompañadas» recibamos bendiciones.

Podemos ejercitarnos, si tenemos voluntad de cambiar, pronunciando bellas palabras y evitando las negativas. Cada uno conoce cuales son unas y cuales las otras. Y no cansarnos de bendecir. Por ejemplo, podemos decir todos los días:
Bendigo al Planeta. Bendigo a toda vida que se manifiesta en él. Bendigo la tierra, el agua, el aire y el fuego. Dicho con el pensamiento, o mejor en voz alta, después de estas bellas  palabras sólo queda… esperar.

Marta Susana Fleischer

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