El lado B de las dietas…EXTREMAS

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16/03/2018 Plate with cutlery and a pea ESPAÑA EUROPA MADRID SALUD GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO / GOPIXA

En las investigaciones sobre el comportamiento alimentario se asume que el mismo, está regulado no sólo por mecanismos homeostáticos sino que lo que regula los procesos de apetito y saciedad, es la vía hedónica. 

Los factores cognitivos, emocionales, sociales, económicos y culturales, y las propiedades organolépticas de los alimentos son aspectos básicos a valorar para comprender la conducta alimentaria y su impacto sobre la salud. 

Tanto el hambre como la saciedad, se encuentran regulados por un sistema neuroendócrino integrado a nivel del hipotálamo. Este sistema, basado en un entramado de circuitos neurohormonales, incluye también señales moleculares de origen periférico y central, así como otro tipo de factores de carácter sensorial, mecánico y cognitivo. Este sistema, también denominado hedónico, se asocia a la activación del sistema neuronal de recompensa como respuesta a un alimento con una alta palatabilidad, es decir, a alimentos que, independientemente de su valor nutricional, producen una sensación de placer. Es importante resaltar que estos procesos están íntimamente relacionados con los procesos hormonales mediante el efecto de los estímulos sobre el sistema de reforzamiento del cerebro, dando o no una sensación subjetiva de placer.

Dentro de los factores que regulan la ingesta hedónica se encuentran los sentidos, que detectan sabores, olores, texturas e incluso sonidos, que desempeñan un papel decisivo en la elección de unos u otros alimentos por parte del individuo. Es así que, las propiedades sensoriales de los alimentos son las que nos dirigen hacia la elección de uno u otro alimento, sin olvidar que el aprendizaje y la experiencia previa, ejercen una gran influencia sobre el control de la ingesta. 

Con respecto al control de la ingesta, algunos individuos utilizan las dietas extremas que en general se caracterizan en:

– restricción calórica,

– aumento de los niveles de cortisol (hormona del estrés),

– provocan sensación de hambre e irritabilidad,

– ser monótonas,

– pueden aumentar o dar aviso sobre el riesgo de trastornos de la conducta alimentaria,

– ser universales, es decir, no tienen en cuenta ni se adecuan a las particularidades de cada persona: género, edad, necesidades nutricionales, nivel de actividad física, estado de salud-enfermedad, gustos, hábitos, costumbres, etc.

– no se basa en evidencia científica.

En base a estas características que tienen en común, podemos decir que las dietas extremas no son beneficiosas para la salud. Cuando una persona cae en un trastorno de la alimentación, los daños a su salud son múltiples; algunos de los físicos (además, de los emocionales y psicológicos) son los siguientes:

Daños cardíacos: uno de los efectos de la restricción alimentaria extrema es la pérdida de masa muscular a nivel general, que en el caso de alguien con anorexia puede incluir el adelgazamiento del músculo cardíaco.

Hipotensión: la baja presión arterial está asociada a la mala alimentación.

Anemia: por un bajo nivel de hierro en sangre.

Caries: los vómitos traen problemas en los dientes debido al ácido clorhídrico del estómago que desgasta el esmalte, potenciando la aparición de caries y esofagitis.

Problemas gástricos: la alta frecuencia de los vómitos puede provocar reflujo gastro-esofágico. Además, el modo como se introduce el vómito trae lesiones en la garganta, en el paladar, en las encías y en el esófago.

Nivel de potasio: en las personas que vomitan para purgar sus ingestas se verifican muy bajos niveles de potasio, comprometiendo seriamente la función cardíaca.

Deterioro de la estructura y fuerza de los huesos.

Resquebrajamiento del cabello y de la piel que se vuelve áspera y reseca por la falta de hidratación y nutrientes.

Hay muchos libros escritos por médicos, por nutricionistas, por influencers de Instagram y hasta por periodistas especializados en alimentación. Y se venden. Así, el mercado editorial refleja lo único seguro: la población toma consciencia del problema pero está desorientada. Una visita a la dietética o al supermercado, con góndolas repletas de productos que juran ser saludables, es suficiente para experimentar la gran confusión. Se desconfía de los carteles, de los sellos de certificación, de los estudios científicos (que podrían estar financiados por la industria), como así también,  de los medios que los divulgan (que podrían estar cuidando el interés de sus anunciantes). El clima de incertidumbre, donde la autoridad es sospechosa, es el caldo de cultivo de gurúes que aseguran conocer el camino. Así crecen las dietas extremas. Muchas personas vulnerables están dispuestas a depositar su fe en profetas radicales. Por necesidades de marketing o convicción, los extremistas de la alimentación suelen elevar un par de medias verdades por sobre el resto, a fuerza de fantasía y pseudociencia.

La recomendación es evitar las dietas extremas, ya que no existen las soluciones mágicas, sino que debe darse un cambio de hábitos que podamos sostener en el tiempo. El plan de alimentación tiene que ser acorde al tipo de vida que tenga el individuo, a su gasto calórico, a sus hábitos y a sus gustos para que puedan ser sostenidos en el tiempo. Por eso, tienen que ser individualizados. Comenzá por un cambio saludable y no sólo para esta temporada…

Prof. Lic. Gabriela Buffagni
Lic. En Nutrición (MN3190 – UBA)

Prof. Regular Titular Cátedra de ASA 

 Facultad de Medicina (UBA)

/Nutrición Nuuff  |  @gabrielabuffagni

gabrielabuffagni@gmail.com

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