La capacidad del ser humano para construir narrativas es, según Yuval Noah Harari, el superpoder que nos diferenció de otras especies. Es la palabra la que teje las «ficciones compartidas» —dioses, leyes, naciones, dinero— que permiten la cooperación masiva y la construcción de civilizaciones. Estos relatos, nacidos de la voz y el lenguaje, no son adornos; son el andamiaje que crea nuestra realidad social.
Esta profunda verdad también permea la literatura. J.R.R. Tolkien concibió un universo creado por el canto, donde los nombres encierran poder. Frank Herbert exploró el control a través de la «Voz» en Dune, mientras que Patrick Rothfuss imaginó una magia que surge del «verdadero nombre» de las cosas. Jorge Luis Borges, un devoto de las palabras, jugó con la idea de que el lenguaje no sólo describe, sino que construye la realidad en sus laberintos literarios. Incluso Dostoyevski y Goethe, en sus obras, aunque no místicas, revelan cómo la palabra, la confesión, la promesa, la blasfemia y la búsqueda del Logos tienen la capacidad de forjar destinos y moldear la conciencia.
Muchas tradiciones antiguas, desde el hinduismo con el concepto de «Om» como el sonido primordial de la creación hasta las filosofías pitagóricas que veían el universo como una «armonía de las esferas», han explorado la idea de que el sonido y la vibración son los fundamentos de la realidad. En esas tradiciones se sostenía que ciertos sonidos o mantras poseían el poder de influir en el mundo. La música misma se basa en vibraciones y resonancias, y diferentes notas y acordes producen distintos efectos y sensaciones.
Las tradiciones más antiguas no nos hablan de un pensamiento silencioso o de un sueño inerte, sino de un acto sonoro, de una pronunciación primordial. El Génesis no nos susurra, sino que declara con autoridad: «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz». El Creador no medita: habla la existencia. En el misticismo hindú, el OM resuena como la vibración cósmica original, la nota eterna de la cual todo emana y por la cual todo es sostenido. Desde el antiguo Egipto, el dios Ptah crea al nombrar cada cosa y, en las tradiciones aborígenes australianas, el mundo mismo fue cantado a la existencia: una sinfonía ancestral que dio forma al paisaje y a la vida.
La idea de que «todo en el universo está en constante vibración» encuentra su correlato en la física moderna. A nivel subatómico, la materia está compuesta por partículas que no son estáticas, sino que vibran y oscilan. Existen, además, modelos teóricos —como la teoría de cuerdas— que proponen que las partículas fundamentales podrían entenderse como diminutas cuerdas vibrantes. Asimismo, la resonancia es un fenómeno físico real mediante el cual un objeto vibra con mayor amplitud al ser sometido a una frecuencia igual a su propia frecuencia natural.
Desde una perspectiva simbólica y espiritual, muchas tradiciones mágicas y esotéricas sostienen que los nombres verdaderos de las cosas —o de las deidades, espíritus y demás entidades— poseen un poder intrínseco. Se considera que conocer ese «nombre verdadero» permite establecer una relación especial o ejercer cierta influencia sobre aquello que se nombra. Esta idea aparece en mitologías, rituales e invocaciones de diversas culturas. La voz humana, como vehículo de la palabra, era considerada un instrumento de poder.
Por otra parte, la lingüística contemporánea estudia cómo el lenguaje organiza y da forma a nuestra percepción de la realidad. El «nombre» constituye la representación simbólica que damos a las cosas y que nos permite conceptualizarlas y comunicarnos sobre ellas. Aunque no existe evidencia de un «nombre verdadero» con poder intrínseco en sentido místico, la manera en que nombramos y clasificamos el mundo influye profundamente en nuestra experiencia.
En el relato mítico de la Torre de Babel, la humanidad hablaba una sola lengua y colaboraba para construir una torre que llegara al cielo. Dios, al ver su soberbia, confundió sus lenguas y los dispersó por toda la Tierra, impidiendo su unidad y su proyecto. Este relato ha sido interpretado tradicionalmente como una explicación simbólica del origen de la diversidad de las lenguas y de los límites del poder humano en relación con la palabra.
Quizás resulte llamativo que, provenientes de ámbitos tan distintos —la física, la antropología, la literatura, la religión, la lingüística y las tradiciones espirituales—, aparezcan una y otra vez imágenes similares alrededor del sonido, la vibración y la palabra. Autores como Fritjof Capra han explorado con persistencia la idea de que el universo es vibración. Del mismo modo, Rupert Sheldrake ha propuesto la existencia de campos mórficos como una hipótesis para explicar ciertos patrones de organización de la naturaleza. Asimismo, la arqueoacústica investiga cómo algunos antiguos espacios ceremoniales fueron diseñados para potenciar determinados fenómenos sonoros.
La narrativa de una lengua universal perdida, de una «lengua madre» cuyas vocales originales contenían la resonancia exacta del verdadero nombre de las cosas y cuya confusión nos privó de la capacidad de transformar el mundo a voluntad, también aparece en numerosas tradiciones. Del mismo modo, la promesa de Jesús a sus discípulos de que el Espíritu Santo hablaría a través de ellos sugiere, para la tradición cristiana, una fuente superior de lenguaje y poder que aún puede fluir a través del ser humano.
Esta búsqueda no es solo una curiosidad intelectual; es un llamado a sublevar nuestro pensamiento sobre la mera función comunicativa de la palabra. Es la invitación a sentir que, quizás, en la vibración de nuestra propia voz, en la entonación que damos a cada palabra, reside un eco de esa fuerza creadora primordial. Un poder latente que, si fuera redescubierto o simplemente reconocido y cultivado, podría desvelar una realidad de abundancia y manifestación más allá de nuestra imaginación actual. Una realidad donde cada vocalización, cada historia que tejemos, se convierte en un acto consciente de creación.
Etiquetas: Cuatro datos que conviene mirar antes de comprar
Azúcares añadidos
No siempre aparecen con el nombre «azúcar». En la lista de ingredientes pueden figurar ocultos bajo otras denominaciones, como jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF), glucosa, fructosa, dextrosa, maltosa, sacarosa, miel o concentrados de jugos de fruta. Cuanto más arriba aparezcan en la lista, mayor será su proporción dentro del producto.
Sodio
Es recomendable observar tanto la cantidad por porción como la expresada por cada 100 gramos. Muchos alimentos procesados y ultraprocesados aportan cantidades importantes de sodio aun cuando no tengan sabor salado, como ocurre con algunas galletitas dulces, cereales de desayuno o conservas.
Cabe aclarar que no es lo mismo un alimento procesado que uno ultraprocesado. Mientras que los primeros suelen elaborarse a partir de alimentos básicos con pocos agregados, los ultraprocesados contienen numerosos ingredientes industriales y aditivos.
Se considera que un alimento es «alto en sodio» cuando supera los 400 mg por cada 100 gramos. En el caso de las aguas embotelladas, se recomienda elegir aquellas bajas en sodio, especialmente para personas con hipertensión o dietas restringidas en sal, las que aportan menos de 10 mg por litro.
El dato: la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no superar los 5 gramos de sal al día, equivalentes a unos 2.000 mg de sodio. Mirar la etiqueta permite calcular qué porcentaje de ese límite diario aporta una sola porción.
Tamaño de la porción
Algunos fabricantes utilizan porciones artificialmente pequeñas para que los valores de calorías, grasas o azúcares parezcan bajos a primera vista. Por eso conviene comparar siempre la información nutricional expresada por cada 100 gramos o calcular cuántas porciones se consumirán realmente.
Lista de ingredientes
Los ingredientes deben enumerarse obligatoriamente de mayor a menor cantidad según su peso. Si los primeros lugares están ocupados por azúcares, harinas refinadas o aceites de baja calidad nutricional, y se lee una lista larga de ingredientes… es una señal de que se trata de un producto ultraprocesado, independientemente de lo que prometa el envase o sugiera la publicidad.
Y recordá que ningún sello reemplaza la lectura completa de la etiqueta. Los octógonos negros son una advertencia rápida y muy útil, pero la lista de ingredientes y la información nutricional siguen siendo la fuente más completa para que el consumidor pueda tomar decisiones informadas.
Octógonos en la mira
¿Qué está en juego si se modifica la Ley de Etiquetado Frontal?
La posible derogación o modificación de la Ley 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable volvió a instalar un debate que excede ampliamente a la industria alimentaria. Lo que se discute no es solamente el diseño de una etiqueta, sino una herramienta de salud pública que busca brindar información clara y accesible al consumidor.
La preocupación surge en un contexto complejo. Las enfermedades crónicas no transmisibles —como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer— continúan siendo una de las principales causas de enfermedad y muerte en el mundo. Los organismos internacionales de salud coinciden en que la alimentación constituye uno de los factores modificables más importantes para reducir estos riesgos.
En Argentina, la Ley de Etiquetado Frontal comenzó a implementarse en 2022 y estableció un sistema de advertencias mediante octógonos negros que alertan sobre excesos de azúcares, sodio, grasas saturadas, grasas totales y calorías. Además, incorporó leyendas precautorias para productos con edulcorantes o cafeína y limitó estrategias de marketing dirigidas a niños y adolescentes.
Uno de los argumentos centrales de quienes defienden la norma es que gran parte de la población no cuenta con los conocimientos necesarios para interpretar correctamente las tablas nutricionales tradicionales. De hecho, diversas investigaciones muestran que los consumidores suelen tomar decisiones de compra influenciados por la publicidad, los envases o personajes promocionales más que por la composición real de los productos.
Los sellos de advertencia buscan justamente simplificar esa información. Un vistazo rápido permite identificar productos con niveles elevados de nutrientes cuyo consumo excesivo se asocia a distintos problemas de salud.
Además, el etiquetado frontal tuvo un efecto inesperado: muchas personas comenzaron a descubrir que algunos alimentos percibidos como «saludables» también podían contener cantidades elevadas de sodio, azúcares o grasas. Mermeladas light, galletitas de agua, barritas y otros productos tradicionalmente asociados a una imagen saludable quedaron bajo una nueva mirada.
La discusión actual surge porque algunos sectores consideran que el sistema argentino es demasiado exigente y genera diferencias respecto de otros países del Mercosur. Sin embargo, numerosos especialistas en nutrición recuerdan que la finalidad principal de la ley nunca fue favorecer el comercio, sino proteger el derecho de la población a recibir información clara sobre los alimentos que consume.
La pregunta de fondo es simple: ¿debe priorizarse la armonización comercial o el nivel de protección sanitaria alcanzado por la legislación vigente?
Más allá de los cambios que puedan producirse en la legislación, el desafío sigue siendo el mismo: aprender a elegir mejor. En ese camino, tampoco debería perderse de vista el enorme esfuerzo que realizan quienes elaboran alimentos naturales, orgánicos y de producción responsable. A partir de materias primas nobles, muchos pequeños y medianos productores trabajan bajo principios de calidad, agroecología y respeto por el ambiente, buscando ofrecer alternativas que aporten valor nutricional y bienestar.
Ninguna etiqueta reemplaza al criterio personal ni a la educación alimentaria. Informarse, leer los envases, comprender qué estamos consumiendo y apoyar aquellas propuestas comprometidas con la salud y el cuidado de la tierra continúa siendo una decisión fundamental para construir una alimentación más consciente.
Para loco
Loco, ¿qué pasa? ¿Estamos pifiando el sentido de las cosas?
Mirá, loco, yo entiendo que cada uno mire su ombligo, que es el centro de uno. Pero dejémonos de joder. Levantemos la cabeza del celu, que nos la damos contra la pared… o peor.
Yo entiendo. No pretendo que vivamos desgarrándonos las vestiduras por lo que pasa en el mundo. Pero un poquito de conciencia sí vale, ¿eh?
Que se entienda: yo disfruto también de los goles y de la épica. Lloro ante ese crack. Pero no me alcanza con un minuto de silencio en las canchas si no voy a mandar una oración, una ayuda, una colecta; algo para que el sufrimiento de aquellos que hoy padecen este momento catastrófico les sea un poco más leve.
Y no es una única catástrofe la que hoy, en esta globalidad, no terminamos de ver. No tomamos conciencia de lo que se vive en este mundo. Entiendo, sí, que las injusticias de la vida duelen. El sufrimiento de los otros duele. Pero no podemos hacer como que nada pasa y hundir la cabeza en sopores fulleros.
Pará, loco. Pensá. Respirá mirando para arriba. Pensá un minuto por día en lo que importa. En lo que de verdad importa. Y volvámonos un poquito más humanos.
Ahora a la IA la entrenan filósofos. ¡Qué sorpresa! Démonos cuenta de lo profundos que somos y levantemos la mirada, porque una vida no alcanza.
Un amigo me dijo: «¿Cómo va la nueva edición de Predicando en el desierto?», refiriéndose a Convivir de julio. «Y casi que pensé en cambiarle el nombre», le dije riendo. Porque el humor salva, vos ya sabés. Y nosotros somos amigos del humor. Le metemos a la ecología, a la empatía, a la alimentación consciente, a la espiritualidad y a otras pamplinas… con las que no se apuesta. Porque se nos va la vida mientras nos distraemos con otra cosa.
Me da pena ver a los chicos apostando, a los muchachos de la barbería y a la china amiga del supermercado. Entiendo el contexto. No estamos para señalar ni para creernos mejores. La soberbia también es pecado (es que me rechina en el oído esto de andar «moraleando»).
Pero quería decir que no es pavada esto de andar ensimismados. Si todavía queremos un mundo mejor, arranquemos por lo que importa: preguntarle cómo está a un amigo.
Aliados para el aumento de las defensas
Llega el invierno y con él aparecen los resfríos, las gripes, los dolores de garganta y la tos. Para prevenirlos y ayudar a combatirlos podemos contar con algunos alimentos y suplementos naturales como aliados. Entre ellos podemos mencionar al propóleo, el polen, la vitamina C y D, zinc, la raíz de jengibre, la equinácea y por supuesto no nos podemos olvidar de los probióticos. Pero ¿Cuál es el beneficio de consumir estos suplementos?
El propóleo y el polen son sustancias obtenidas por las abejas y destacan por sus propiedades antimicrobianas, antiinflamatorias y antioxidantes, que contribuyen al fortalecimiento del sistema inmune. En particular, el propóleo se reconoce como un aliado eficaz para aliviar molestias de garganta y la tos, gracias a su acción calmante y protectora.
La vitamina C, D y los minerales como el zinc, tienen efectos antioxidantes, previniendo el envejecimiento de las células del organismo y participando en diversas funciones inmunológicas, aumentando las defensas y contribuyendo a una eficaz respuesta inmune ante virus y bacterias.
La raíz de jengibre, disponible tanto en jengibre molido como en gummies masticables, es un refuerzo natural para el sistema inmunológico. Sus propiedades ayudan a prevenir resfriados, fortalecen las defensas y actúan como un potente antiinflamatorio.
Al igual que todos estos suplementos, la equinácea es una planta muy utilizada para ayudar al sistema inmune y aumentar las defensas en épocas de resfríos.
Los probióticos también funcionan como soporte. Son microorganismos que generan beneficios en el microbiota intestinal, mejoran la absorción de nutrientes y a su vez aumentan nuestras defensas, si tenemos una microbiota sana, tenemos un sistema inmune sano.
Entre los aliados naturales podemos considerar diversas infusiones que favorecen la expectoración y alivian la congestión de las vías respiratorias, como el eucalipto, la menta o el regaliz. Asimismo, especias como el romero y el tomillo cumplen una función similar, ayudando a despejar las vías aéreas y reduciendo la inflamación.
Otros aspectos que debemos tener en cuenta a la hora de pensar en nuestro sistema inmunológico y en nuestras defensas son los hábitos diarios: el buen descanso y la alimentación juegan un rol clave a la hora de pensar en nuestra salud. Incluir en la dieta frutas, verduras, frutos secos, legumbres, cereales integrales y semillas, consumir agua y realizar actividad física que ayuda a mantenernos activos. Cuidar estos hábitos de manera constante es la base para fortalecer nuestras defensas y disfrutar de una vida más saludable.
Por Paula Caruso
Equipo de New Garden
Abejas: de ellas depende gran parte del planeta
Está sólidamente comprobado que las abejas están entre los seres vivos más importantes para la estabilidad de los ecosistemas y la alimentación humana. Según la FAO, cerca del 90 % de las plantas silvestres con flor y más del 75 % de los cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos en parte, de la polinización animal.
Esto significa que las abejas no sólo sostienen la producción de miel: participan en la existencia de frutas, verduras, semillas, frutos secos, cacao, café y muchas plantas que alimentan también a aves, mamíferos e insectos. Sin polinizadores, la dieta humana sería más pobre, menos diversa y más cara. La seguridad alimentaria global quedaría afectada.
¿Están desapareciendo? La respuesta es compleja. Las colmenas manejadas por apicultores han aumentado a nivel global: un estudio basado en datos de FAOSTAT indica que pasaron de 58,8 millones en el año 2000 a 102 millones en 2022, un crecimiento del 76,3 %. Pero ese dato no significa que las abejas estén a salvo. Habla sobre todo de colmenas productivas, no de abejas silvestres ni de diversidad de especies.
La preocupación científica se concentra justamente allí: muchas especies silvestres están en retroceso. El informe de IPBES advierte que, donde existen listas rojas nacionales o regionales, más del 40 % de las especies de abejas y mariposas pueden estar amenazadas. En Europa, una evaluación reciente de la UICN estimó que alrededor del 10 % de las abejas silvestres evaluadas están en riesgo de extinción, más del doble que en la evaluación anterior.
También hay pérdidas importantes en colmenas manejadas. En Estados Unidos, entre abril de 2023 y abril de 2024, los apicultores reportaron una pérdida anual estimada del 55,1 % de sus colonias, la cifra más alta desde que se calcula esa serie. En América Latina, un estudio publicado en Scientific Reports registró pérdidas invernales promedio del 20,6 % en colonias de abejas melíferas, ubicando a la región entre Europa y Estados Unidos en nivel de pérdidas.
Las amenazas son múltiples y se potencian entre sí: pérdida de hábitat, monocultivos, uso de pesticidas, cambio climático, contaminación, parásitos como el ácaro varroa, enfermedades, mala nutrición floral y reducción de plantas nativas. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que las poblaciones de abejas vienen disminuyendo en las últimas décadas por pérdida de hábitat, agricultura intensiva, cambios climáticos y uso excesivo de agroquímicos.
¿Pero, es que el consumo de miel depreda a las abejas? No necesariamente. La apicultura responsable puede estar en equilibrio e incluso ayudar a sostener colmenas sanas. El problema aparece cuando la producción es intensiva, se extrae más miel de la que la colonia puede reemplazar, se alimenta mal a las abejas o se las somete a traslados y manejos estresantes. Consumir miel de productores responsables, locales y cuidadosos puede acompañar una relación más equilibrada con estos insectos.
La comunidad científica y ecológica trabaja en varias líneas: monitoreo de poblaciones, restricciones a pesticidas peligrosos, restauración de hábitats, promoción de corredores florales, investigación sobre enfermedades, protección de polinizadores nativos y agricultura agroecológica. Desde 2018, la ONU celebra cada 20 de mayo el Día Mundial de las Abejas para visibilizar su papel y las amenazas que enfrentan.
¿Qué podemos hacer? Plantar flores nativas, evitar insecticidas domésticos, dejar pequeños espacios verdes sin cortar, elegir alimentos de producción agroecológica, apoyar apicultores responsables, cuidar árboles y jardines urbanos, no destruir panales sin consultar a especialistas y promover políticas públicas que protejan polinizadores.
Las abejas son fundamentales, cuidarlas no es un gesto romántico, es un gesto a favor del futuro y de la supervivencia del planeta.
Muérdago: magia, salud y besos
El muérdago (Viscum album) es una de esas plantas que, cada diciembre, vuelve a asomarse en la decoración navideña. Besos, protección, atraer la buena suerte… ¿De dónde surge tanta fama?
El muérdago europeo, originario de Europa y Asia occidental, crece como hemiparásita sobre robles, manzanos, álamos. Al no enraizarse en la tierra, antiguas culturas lo consideraron una planta que “no procede del cielo ni de la tierra”, sino de un punto intermedio. Esa cualidad lo volvió sagrado para los celtas y druidas, que lo utilizaban en rituales de protección, fertilidad y renovación. Las leyendas incluso le atribuyen poderes extraordinarios, como resucitar a los muertos, siempre en clave simbólica.
Los griegos lo vinculaban con la fertilidad y lo empleaban en ceremonias nupciales. Los romanos, durante los Saturnales, lo ofrecían a Saturno en señal de prosperidad y paz. También lo colgaban en las puertas para alejar males y favorecer la reconciliación entre parejas, tradición de la que nace el famoso beso.
En el siglo XVIII, los ingleses transformaron este gesto en un ritual romántico navideño: besarse bajo el muérdago traía unión y buenos augurios. En la época victoriana se volvió superstición: si una mujer se negaba al beso, no recibiría ninguna propuesta matrimonial en un año. Más tarde, los inmigrantes llevaron la costumbre a Estados Unidos, donde se integró definitivamente al imaginario de Navidad.
En el plano esotérico se lo sigue considerando una planta de protección, purificación y apertura de caminos. Incluso hoy, algunos herboristas lo usan como “antibiótico energético” para espantar malas influencias. En el norte de Europa persiste un ritual hermoso: el 13 de diciembre, día de Santa Lucía, se quema el muérdago colgado el año anterior para llevarse lo malo y renovar la energía del hogar.
También tiene un capítulo medicinal. En Alemania, Austria y Suiza, extractos de muérdago europeo se emplean de manera profesional como coadyuvantes en oncología para mejorar la tolerancia a los tratamientos, modular el sistema inmune y favorecer el descanso.
¿Y en Argentina? Aquí no crece Viscum album, sino nuestros propios “muérdagos americanos”, del género Ligaria y Phoradendron. El más conocido, Ligaria cuneifolia (“liga” o “visco”), vive en Cuyo, el NOA, Córdoba, San Luis y Patagonia norte. Aunque botánicamente distintos, comparten el hábito de crecer sobre árboles y mantener el follaje en invierno. En la medicina popular local se los usa como sedantes suaves, digestivos e hipotensores, siempre con preparación profesional, porque no todas las especies son seguras. Eso sí: no están ligados al beso navideño ni a la corona protectora. Pero cuando colgamos nuestro ramillete artificial en la puerta replicamos una tradición ancestral que simboliza protección, buena fortuna y unión amorosa.
Divina Manzanilla
Una “farmacia” en sus pequeñas flores
La manzanilla es una de las plantas medicinales más conocidas y utilizadas en el mundo, tanto por su aroma delicado como por sus múltiples aplicaciones terapéuticas. Consumida principalmente en forma de infusión, ha sido valorada desde la antigüedad por su capacidad para favorecer la digestión, aliviar molestias estomacales y generar una sensación general de calma y bienestar.
Su nombre científico es Matricaria chamomilla, y sus principios activos se concentran principalmente en las flores, de donde proviene su característico perfume. En nuestro país, la manzanilla se encuentra ampliamente difundida y forma parte de un importante circuito productivo de plantas aromáticas y medicinales, con destinos de exportación destacados como Alemania, Italia y estados Unidos.
Una taza de manzanilla después de las comidas ayuda a reducir la hinchazón, los espasmos digestivos y los cólicos, además de actuar como un sedante suave que apacigua los nervios y favorece el descanso. En niños mayores de un año, una infusión liviana puede colaborar en la disminución de la excitabilidad asociada a molestias digestivas leves. Combinada con miel, su aroma resulta ideal para acompañar rutinas de relajación antes de dormir.
Además de su uso interno, la manzanilla posee múltiples aplicaciones externas. En forma de compresas o lavados, se utiliza para aliviar ojos cansados o irritados, párpados inflamados y ojeras. Sus propiedades antiinflamatorias, antisépticas y cicatrizantes la convierten en una aliada para el cuidado de la piel, ayudando en casos de erupciones, raspaduras o piel sensible.
La infusión también puede emplearse en baños de inmersión con efecto relajante y sudorífico, o combinada con otras hierbas como lavanda y malva para baños de pies. En verano, preparada fría con limón, se transforma en una bebida refrescante y natural.
Para conservar sus propiedades, las flores no deben hervirse: basta con verter agua casi hirviendo, tapar y dejar reposar. De este modo, la manzanilla despliega todo su potencial como una planta noble, accesible y profundamente reconfortante.
Hepatitis: una crisis silenciosa, pero evitable
Se estima que para 2040 la hepatitis viral causará más muertes al año en el mundo que la malaria, la tuberculosis y el VIH combinados. Conocer qué es y cómo prevenirla es fundamental.
La hepatitis viral representa una de las enfermedades infecciosas más mortales, con más de 1,3 millones de muertes al año correspondientes a hepatitis B y C crónicas, según datos publicados por la OMS. En tanto, en América Latina, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) estima que 10 millones de personas viven con hepatitis B o C crónica. Lo alarmante es que muchas de estas muertes son prevenibles.
La hepatitis es un término que define un estado inflamatorio del hígado. Esto se produce como respuesta a un mecanismo de daño de las células hepáticas y sus tejidos circundantes. Él o los agentes productores de daño hepático que conllevan a una inflamación pueden ser tóxicos (alcohol, fármacos, solventes, etc.), infecciones virales, infecciones por otros agentes y enfermedades inmunológicas.
¿Cómo se origina?
Distintos virus pueden afectar el hígado y conformar enfermedades agudas o crónicas. En el caso de las agudas, si el daño es extenso, pueden afectar severamente la funcionalidad hepática y ponernos en riesgo de vida. El hígado cumple diversas funciones vitales, como detoxificación y síntesis de proteínas fundamentales, entre otras. Los virus también pueden dar lugar a procesos inflamatorios crónicos, que derivan en daño y reparación permanentes, mientras el agente viral no logre ser erradicado de nuestro organismo. Esta circunstancia acarrea desarrollo de cicatrización progresiva denominada fibrosis hepática, con diversos grados progresivos, hasta llegar a la cirrosis.
¿Qué tipos de hepatitis existen?
Hay cinco tipos de hepatitis y se identifican con las letras A, B, C, D y E; todas provocan enfermedad hepática, pero tienen diferencias significativas.
Hepatitis A (VHA): Es una de las dos que se transmite por el consumo de agua o alimentos contaminados (aunque también puede propagarse por ciertas prácticas sexuales). Suele provocar una infección leve, con una recuperación completa al cabo de unas semanas. La mayoría de las personas pueden sufrir una amplia gama de síntomas (entre dos y siete semanas después de haberse infectado): fiebre, pérdida de apetito, calambres en el estómago, ictericia (coloración amarillenta de la piel y los ojos); orina oscura y fatiga. Este tipo de hepatitis cuenta con una vacuna que tiene una eficacia de casi el 100%
Hepatitis B (VHB): Se transmite cuando la sangre, la saliva, el semen u otros líquidos corporales de una persona portadora, incluso en cantidades microscópicas, entra en el cuerpo de una persona no portadora. Este tipo de virus puede provocar cirrosis y cáncer de hígado, aunque si se detecta a tiempo, se puede tratar y evitar que la enfermedad progrese. Desde el año 1992 la vacuna está incluida en el calendario de vacunación (niños y embarazadas) y ello ha permitido disminuir la tasa de contagios.
Hepatitis C (VHC): Este virus comparte con el B, los mecanismos de contagio y las formas clínicas aguda y crónica. No disponemos de vacuna y es habitual que permanezca en nuestro cuerpo dado que suele escapar y burlar a nuestro sistema inmune. A diferencia del tipo B, los tratamientos actuales de la hepatitis C logran un éxito de erradicación del virus que permite tasas de curación entre un 90 a 100% con tratamientos más cortos y con menos efectos adversos. Como resultado, las consecuencias de su curso crónico (cirrosis, cáncer hepático y trasplante) disminuyen considerablemente.
Asimismo, desde la Organización Internacional No Gubernamental World Hepatitis Alliance, explicaron en qué consisten los tipos D y E de la Hepatitis:
Hepatitis D (VHD): Afecta sólo a personas infectadas por la hepatitis B, ya que necesita del virus B para sobrevivir. La simultaneidad de ambos virus hace que pueda aparecer una afección más grave. Se transmite sobre todo por vía sanguínea, a través de jeringas usadas por personas infectadas o por compartir objetos de higiene personal. Este tipo de hepatitis puede hacer empeorar una infección por hepatitis B y hacer más graves los síntomas.
Hepatitis E (VHE): Se transmite, igual que la hepatitis A, a través del consumo de agua o alimentos contaminados. Pero su diferencia radica en que no cuenta con una vacuna. Su prevención pasa por extremar las medidas higiénicas y evitar el consumo de bebidas y alimentos contaminados. Tampoco causa enfermedad crónica.
¿Las secuelas de la hepatitis siempre son irreversibles? ¿Qué posibilidades hay de recuperación y cuáles son los riesgos si no se trata a tiempo?
Un concepto muy importante respecto de la fibrosis hepática, aún en la etapa de cirrosis compensada, es notar que puede ser una situación reversible. Es decir, se puede retroceder a estadios menos avanzados con recuperación de su funcionalidad; siempre y cuando se logre eliminar el virus con los fármacos antivirales y la acción de nuestro propio sistema inmune. De hecho, tanto en su curso agudo fulminante como en su curso crónico, las hepatitis virales pueden derivar en la necesidad de un trasplante hepático.
Colaboración: Dra. Alejandra Mabel Camino ( MP: 333832 / MN: 78034)
Magíster en Biología Molecular, Diabetóloga de DIM Centros de Salud
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