Lo bueno y lo malo del cambio climático

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Un análisis catastrófico de cómo la civilización humana podría colapsar en las próxima décadas debido al cambio climático ha llamado la atención. El análisis, publicado por el Breakthrough National Centre for Climate Restoration, describe al calentamiento global como «una amenaza existencial a corto o mediano plazo».

El informe, escrito por David Spratt, director de investigación de Breakthrough, e Ian Dunlop, ex ejecutivo de Royal Dutch Shell, alerta que en nuestra actual trayectoria «los sistemas planetarios y humanos [están] llegando a un ‘punto de no retorno’ para mediados de siglo, en el que la perspectiva de una Tierra en gran medida inhabitable conduce a la desintegración de las naciones y del orden internacional».

Los «resultados extremadamente graves» de las amenazas a la seguridad relacionadas con el clima son mucho más probables de lo que se supone convencionalmente, sostiene el documento, pero casi imposibles de cuantificar porque «no corresponden a la experiencia humana de los últimos mil años».

«Mucha de la información que reciben los legisladores y los políticos son demasiado conservadoras», explicó Spratt. «Debido a que los riesgos son ahora existenciales, se requiere un nuevo enfoque de la evaluación de riesgos climáticos y de seguridad utilizando el análisis de escenarios».

El escenario advierte que si no cambian los modelos de negocio de las industrias que perjudican al ambiente, la Tierra probablemente sufrirá al menos 3 grados centígrados de calentamiento global. Esto causaría a su vez la destrucción de ecosistemas clave, incluyendo «los sistemas de arrecifes de coral, la selva amazónica y el Ártico».

Los resultados serían devastadores. Alrededor de 1.000 millones de personas se verían obligadas a reasentarse, y 2.000 millones se enfrentarían a la escasez de suministros de agua. La agricultura colapsaría en los países subtropicales y la producción de alimentos se vería dramáticamente afectada en todo el mundo.

La complejidad y consecuencias del cambio climático ameritan un análisis profundo. Más allá de lo que la ciencia determina como cíclico y fuera del alcance humano, el debate debe centrarse no sólo en lo que pueden y deben hacer los gobiernos para garantizar el cumplimiento de los acuerdos o la responsabilidad de las empresas  y de los ciudadanos en relación al dióxido de carbono (CO2). Si queremos resolver los problemas de raíz y atenuar los riesgos de manera considerable, debemos ir al corazón del problema que está, paradójicamente, en el corazón del ser humano; el único lugar donde se unen los dos hemisferios para alcanzar una mirada periférica y entender que no somos únicamente parte del problema sino de la solución.

Es verdad, ya sabemos cómo debemos proceder para impedir las consecuencias del cambio climático. Sin embargo, actuamos como si lo ignoráramos. No se logra trasmitir el sentido de urgencia que requiere la crisis que enfrenta la humanidad y en esto seguramente tienen culpa los medios de comunicación.

Cuando permanecemos desconectados del mundo natural, inmersos en nuestro egoísmo y vanidad, nos volvemos indiferentes e incapaces de pensar en los demás. Sólo seremos capaces de frenar y revertir el deterioro que hemos causado a la naturaleza y al clima si entendemos que todos somos uno, entre nosotros y con el planeta.

Sólo a través de la presión popular de los ciudadanos los gobiernos de cada país se tomarán más en serio la lucha contra el cambio climático que, como se demuestra día tras día, constituye una amenaza real para el planeta. Así lo han entendido centenares de miles de jóvenes de todo el mundo que protagonizaron la primera huelga estudiantil global y se manifestaron en las calles de las principales ciudades. Fue una gran movilización inspirada por la joven sueca Greta Thunberg, de 16 años, icono del movimiento Fridays for Future, que empezó ella sola en agosto del 2018 al manifestarse cada viernes delante del Parlamento de Estocolmo, con una pancarta que decía “Huelga de la escuela por el clima”. Este movimiento, que se ha propagado como la pólvora a través de las redes sociales, tiene cada vez más seguidores especialmente adolescente y estudiantes y alcanza ya 123 países. Constituye la plasmación de una conciencia generacional planetaria en defensa de la Tierra.

Como dijo uno de los jóvenes manifestantes, parece que los líderes de hoy quieren envejecer, morir y dejar tras de sí un mundo en ruinas. La movilización de los escolares para defender el planeta frente al calentamiento climático no es ninguna tontería. Refleja una inquietud real y justificada de una generación que llegará hasta el fin de siglo y que será quien sufrirá las consecuencias del deterioro del planeta si ahora no se toman las medidas adecuadas.

Hay una magia singular en esas marchas, poseen al mismo tiempo algo de presagio y de euforia. Son una advertencia y un mensaje refrescante, que coincide con el de muchos ecologistas y científicos vienen impulsando desde hace décadas. Es un llamado que debe conmover a quienes, abúlicos, solo esperan el próximo capítulo de su serie de Netflix o desacreditan el cambio climático por creerlo una nueva posición política adversa al desarrollo.

Cristian Frers
Técnico Superior en Gestión Ambiental 
y Técnico Superior en Comunicación Social (Periodista).
cristianfrers@hotmail.com

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