La caída de un alfiler 

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Es típico que, al producirse una catástrofe, los analistas la atribuyan a una rara conjunción de circunstancias o a cierta combinación de poderosos mecanismos. Cuando San Francisco sufrió la conmoción de un tremendo seísmo, los geólogos ubicaron el origen del cataclismo en una inmensa zona inestable, coincidente con la falla de San Andrés. Cuando el mercado de valores se vino abajo el Lunes Negro de 1987, los economistas pusieron su dedo acusador en el efecto desestabilizador de la informatización y automatización de las transacciones. Cuando los registros fósiles revelaron la extinción en masa de los dinosaurios, los paleontólogos la atribuyeron al impacto de un meteorito o a la erupción de un volcán. Es posible que estas teorías sean correctas. Pero sistemas tan grandes y complicados como la corteza terrestre, el mercado de valores y el ecosistema no sólo pueden romperse bajo los efectos de un golpe titánico, sino también por la caída de un alfiler. Los grandes sistemas interactivos se organizan perpetuamente a sí mismos. 

Per Bak y Kan Chen, Doctores en Física

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