El encanto de la lentitud

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La cultura de lo material y lo inmediato impregna a la vida desde una manía por la velocidad. Quienes patinan sobre los acontecimientos sin considerar su profundidad, viven con la mira en resolver lo inmediato, sobrevuelan sobre los acontecimientos y priorizan la “loca carrera” con la exigencia de acopiar más y más cosas, más y más logros, con la mirada hacia adelante, sin pausa.  La vorágine todo lo consume y eso es lo que se valora. Se vive pendiente de las metas, se fijan objetivos y se sale corriendo detrás de ellos. Lo único que preocupa es llegar a ese lugar hipotético.

En la lucha por alcanzar resultados, se camina hacia adelante enfocando hacia un punto que, en verdad, es incierto. Sin embargo, puede suceder que algún acontecimiento imprevisto o una decisión singular conduzca a hacer un alto y sobrevenga la posibilidad de pausar. Si se vive con consciencia y se supera el residuo de ansiedad que aún queda, pueden ocurrir gratas sorpresas.  Por ejemplo, experimentar el encanto de la lentitud. 

Una vida acelerada no deja resquicio para respirar con atención. Desaparece la conciencia del sustento indispensable para existir y, entre tanto vértigo, se pierde el registro de lo que se hace. 

El estar en el mundo se torna mecánico y se lo habita en varias direcciones simultáneamente lo que no hace posible la auténtica percepción de la presencia. Se palpita desde un ritmo vertiginoso contrario a la naturaleza humana que lleva, muchas veces inconscientemente, a una vida superficial y veloz sin darle el lugar a ser vivida.

Cuando la respiración no fluye y es superficial, perdemos el sentido de nuestra presencia. Puede suceder que el cuerpo se mecanice porque los movimientos no son conscientes, y es allí donde perdemos espontaneidad, algo impide que la suavidad se haga cuerpo.  

Solo advertir qué sucede cuando se avanza sin apresuramiento, cuando nos ubicamos al margen de una vida desenfrenada, cuando nos arriesgamos a transitar por lugares que incomodan.

Escuchar, ver la invisibilidad y palpar la serenidad del silencio desde la conciencia de la respiración, despierta la dimensión de quietud dentro de sí. Cuando miramos hacia dentro y la percibimos, el cuerpo, desde su estructura física y emocional se apacigua. Te sientes unido, unida, a cualquier cosa que percibes en y a través de la quietud. El silencio del entorno ayuda, pero, a veces no está disponible, sin embargo, el desafío reside en sintonizar con ciertos recursos que separen el propio ritmo con aquel que se impone desde el ruido exterior.

El ruido representa al alboroto o mezcla confusa de sonidos externos e internos no deseados, que, a veces, se transforman en contaminantes e invasivos. 

El silencio interior es un estado libre de pensamientos y verbalizaciones reservadas. Inicia un diálogo interno muy diferente a aquel impulsado por el pensamiento maquinal. Éste se suele precipitar sin darnos tiempo a nada, nos acelera y nos genera sensaciones de amenaza.  

La quietud no es inercia ni aplastamiento sedentario. El movimiento se vuelve interior, una sensación de plenitud vacía, de concentración, de presencia vibrante. Nos movemos muy lentamente, o nos movemos y nos detenemos, una y otra vez. Sentimos los pies, el rostro, las manos, el cuerpo entero. La meditación ya no es el movimiento, sino la quietud intermedia. Moverse y detenerse. Pausa. Moverse y detenerse. La respiración es honda, la vitalidad intensa. El tiempo es ahora, el lugar aquí. Cada gesto es total, medido, el cuerpo lleno de aliento, la mirada directa al blanco.

El contacto con la idea de liberación (deseos; proyectos) y, a continuación, el ejercicio de la liberación (su concreción desde la experiencia) está mediada por una respiración consciente que permite enraizar mente y cuerpo en el presente.

Alejandra Brener 
Terapeuta corporal bioenergetista

alejandrabrener@gmail.com

/Alejandra Brener Bioenergética

@espacioatierra

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