El chisme es un deporte que se ha mantenido activo desde los comienzos de la humanidad. No podemos negar el placer que nos causa enterarnos de cosas ocultas, secretos, deslices… Aunque hoy se haya vuelto más banal y con más pantalla en TV que las ficciones, el chisme ha sido el medio de información social por excelencia. Estudiado por la antropología y la filosofía, el chisme nos ha mantenido informados sobre historia, sucesos y fama de nuestros congéneres —y más allá.
En términos académicos, “chisme” suele definirse como conversación sobre la vida privada de terceros ausentes, con un componente evaluativo (implícito: “esto está bien / mal”). En inglés: gossip (también tittle-tattle, small talk cuando es más liviano); en francés: commérages, ragots, potins.
Robin Dunbar, antropólogo, psicólogo y biólogo evolucionista británico —quien formuló la teoría conocida como “número de Dunbar”, que propone que 150 humanos es el «límite cognitivo» de relaciones estables— sostiene que el lenguaje humano surgió como una forma de “acicalamiento vocal”: en lugar de quitarnos piojitos como los monos, empezamos a “acicalarnos con palabras”. Ese primer uso de la palabra habría sido, justamente, el chisme.
Entre sus hallazgos, se estima que en conversaciones espontáneas aproximadamente el 60–65 % del tiempo hablamos de temas sociales (quién hizo qué con quién, quién se lleva bien/mal), es decir, chisme.
En grupos grandes, el chisme permite mantener alianzas y saber quién es confiable sin tener que interactuar personalmente con todos.
Yuval Noah Harari, pensador e historiador israelí, retoma a Dunbar en su libro Sapiens: plantea que el chisme fue clave en la “revolución cognitiva”, porque permitió que grupos de Homo sapiens cooperaran en números mucho mayores que otros primates. “El lenguaje de los humanos evolucionó como una forma de chismorreo.
La información más importante que la gente tenía que comunicar no era dónde había leones, sino quién odia a quién, quién está durmiendo con quién, quién es honesto y quién es un tramposo.”
El chisme aparece en todas las culturas estudiadas: aldeas del Pacífico, pueblos africanos, barrios urbanos, etc. Y su función se repite: Mantener informadas a las personas sobre la reputación de otros. Tramitar tensiones y rivalidades sin llegar a la violencia. Reforzar reglas de convivencia (“mirá lo que le pasó a fulano por no respetar…”).
Tanto la sociología como la psicología social muestran que el chisme no es sólo “hablar mal de alguien”:
- Transmite datos sobre quién cumple o no las normas del grupo, quién coopera, quién abusa, etc.
- Genera placer, rompe el tedio y conforma una emoción compartida (indignación, sorpresa, risa).
- Contar y recibir chismes crea sensación de complicidad: “si me contás esto, es porque estamos del mismo lado”.
- Muchas investigaciones lo describen como mecanismo informal de sanción: saber que “si hago X, van a hablar de mí” modera conductas.
- En organizaciones y grupos jerárquicos, sirve para negociar estatus, hacer alianzas, debilitar rivales o defenderse del abuso.
Metaanálisis recientes resumen el chisme en tres grandes funciones: información, influencia y vínculo. Pero ¿por qué nos gusta tanto hablar de los demás?
La mirada de los otros nos importa, y a la vez hablar de otros nos ubica a nosotros mismos; comparamos nuestro comportamiento con el de los demás (autoestima, identidad). Nos da pertenencia; sentir que tenemos “información privilegiada” nos incluye en un círculo.
Dispara una recompensa: recibir novedad social activa sistemas de placer en el cerebro (curiosidad, dopamina).
Y a la vez nos ahorra riesgos: aprendemos por observación (“no hagas lo que hizo tal persona, mirá cómo terminó”).
En términos evolutivos, el chisme es una “App de gestión social”; ligera, barata y siempre abierta en segundo plano.
El chisme nos previene
Quitando de lado que un chisme puede ser injusto o cruel, en su versión “funcional” puede prevenirnos sobre personas poco confiables (estafadores, violentos, abusadores). Nos avisa sobre peligros sociales: grupos tóxicos, jefes abusivos, espacios inseguros. Asimismo, señala límites normativos: lo que “no se hace” en esa comunidad.
Mucho antes de la escritura, la información circulaba por oralidad: relatos, chismes, rumores, mitos. Y no pocos autores han considerado al chisme como proto-medio de comunicación masiva: una “red social analógica” donde la noticia se expandía de persona en persona.
Harari habla del chisme como la “tecnología” que permitió coordinar a grupos grandes, algo que hoy hacen los medios y las redes.
El filósofo británico Emrys Westacott argumenta que incluso prácticas como el chisme (o la grosería) —analizadas en The Virtues of Our Vices— pueden cumplir funciones sociales positivas, lo que invita a revisar nuestras ideas sobre “lo negativo” en la comunicación humana.
Asimismo, desde la perspectiva de género se ha visto al chisme como una forma de cultura femenina y de resistencia en contextos donde las mujeres tenían pocos canales formales de expresión.
Fama/Pheme: la diosa del rumor
Los griegos personificaron el rumor y el chisme en la diosa Pheme (Φήμη), “la que hace circular la palabra”.
Un susurro que crece hasta volverse clamor; podía traer fama o escándalo, según a quién favoreciera. Es un modo de reconocer que la palabra que corre sola tiene un poder casi divino. Úsese con precaución.






