Todo es mente. Así lo enseñan las distintas corrientes filosóficas. Quiere decir que nuestro mundo, para que exista, primero fue pensado.
Habrá sido Dios, la Conciencia Superior, el Alma Universal, o como cada uno prefiera llamarlo. Pero parecería ser que primero alguien pensó cómo iba a ser este mundo (sí, Argentina también) y después se fue concretando. Lo más interesante es que exactamente igual pasa con nosotros, las personas.
También somos una mente que piensa y luego crea. ¿Qué crea?, ¡MUNDOS! Este mundo, nuestro mundo, su mundo: el que usted que lee está viviendo en este preciso momento.
Somos una conciencia infinita alojada en un cuerpo, viajando en ese cuerpo, creando sus experiencias para sacar el mayor provecho de este viaje mediante el aprendizaje. El viaje dura lo que dura la vida de cada uno. Y durante ese tiempo lo que disfrutamos o padecemos sirve como el tesoro que cada alma acumuló. Con las decisiones que tomamos a cada rato, con los sí o no que decimos, con lo que hacemos a diario o con lo que dejamos de hacer, vamos creando, paso a paso, el mundo privado y el mundo más grande en que vivimos y compartimos entre todos. Cada película que vemos, cada serie que seguimos, cada conversación que sostenemos, cada gesto y hasta los silencios que hacemos, le van dando forma al mundo que vivimos; que es tal y cual nosotros mismos lo creamos. Todos somos responsables, en particular y en general, de la manera en que está nuestro mundo en el presente. Y si no nos gusta, y aquí viene la gran maravilla, en nuestras manos está la posibilidad de cambiarlo. ¿Cómo? Con los pensamientos. Acompañados de actitudes, por supuesto.
Si no estamos viviendo en un tiempo tan bueno como era el que creamos en el pasado, es hora de que reaccionemos. Que revisemos lo que hacemos, lo que decimos y lo que pensamos, empeñándonos en el cambio para bien.Si estamos pasando por experiencias malas, o difíciles, digámonos mentalmente y también en voz alta, todas
las veces que sea necesario: “Agradezco lo vivido, porque seguramente me sirvió y tomé experiencia de ello,
pero ya no lo quiero más”. E imaginemos cómo deseamos que sea nuestra vida a partir de este momento. Y
vivamos en la confianza de que a la brevedad lo lograremos. Pero cuidemos hasta las palabras que decimos.
Mirémonos. Pensemos que la vida tal como la estamos llevando adelante, está en observación. Apartemos lo
que no nos sirve. Suprimamos las actitudes que nos perjudican. Evitemos decir lo que está de más. Entendamos que todo lo que sale de nosotros, hasta las pala- bras, nos vuelve amplificado. Reconozcamos que somos
una energía y pongamos a trabajar a esa energía para el provecho propio. Y también para el provecho del conjunto. Es la única manera de que todo mejore. Y no hay fuerza que pueda oponerse a alguien con buenas intenciones. Manejémonos con astucia. Con la buena astucia. Esa que asume la condición del agua, que toma la forma del envase que la contiene. Y miremos nuestro mundo con más, pero mucho más, Amor.
Por Marta Susana Fleischer


