Desde pequeña, advertí una atracción por la energía que me rodeaba, y, por instantes, me ensimismaba intentando explicarme los efectos que me producía la otra o el otro en mi cuerpo. Solo contemplaba y, en ese lapso, creaba relatos internos. Vivía como en un universo paralelo que me mantenía apartada de todos. Todo lo sutil y delicado, lo que estaba vehiculizado por la suavidad, lo etéreo, me transportaba a lugares placenteros. Sin embargo, por momentos, esas partículas de aire, al ingresar a mi cuerpo, generaban una alquimia que me producía una desarmonía interna. Porque, a medida que observaba la cultura del consumo y notaba que nada de eso me interesaba demasiado, sentía, de manera creciente, vergüenza al vivir la experiencia de lo invisible.
Todo lo que debía pensarse, desde lo tangible, observable y comprobable, era más importante y, esa prioridad, a mí me incomodaba. Así que, durante casi treinta años, la sombra de lo indebido pesó largo tiempo sobre mi espalda. Esa tendencia a querer dialogar con un perro o mirar a los pájaros y hablarle desde la mirada, me generaba hermosas y suaves vibraciones internas. Sin embargo, tuve que contener ese placer que deseaba convertir en cotidianidad por la decisión de adaptarme a los mandatos de una sociedad que exigía productividad y resultados para poder vivir con cierta “comodidad” material.
Mantuve cierta serenidad y cautela, como si me sostuviese una potente confianza a la espera de que se aclarasen las aguas. Y de esta manera sucedió. Esperé varios años para hacer brotar un destino o dharma que estaba esperando salir.
Lo cierto es que, eso profundo que se había ocultado volvió a renacer y fue cumpliendo su labor con arreglo a su propio calendario, como si su desarrollo siguiese un orden divino.
Comprendí entonces que, todo lo que necesité se me fue dando a su debido tiempo aceptando el ritmo consignado. No exigí nada y confié en el desenvolvimiento perfecto de esto que estaba allí agazapado.
Aprendí que la ansiedad por encontrar el desarrollo de la pasión no ayuda. Y que en cambio hay infinidad de caminos posibles, solo necesitamos estar dispuestos a escuchar cada mensaje. La pasión nos encuentra, sucede naturalmente. La vida tiene ciclos, siempre aprendemos…






