Humano Demasiado Urbano Alimentación Consciente 1 (empieza por uno)

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¿Qué comemos cuando tenemos hambre?

Llegamos a nuestra casa al atardecer, luego de una jornada de trabajo, estudio, o lo que fuere, a lo que le dedicamos una buena parte del día y energía. Entre “cansade” y con hambre ¿Qué hacemos?: ¡Vamos al refrigerador a ver qué encontramos para satisfacer nuestra necesidad de comer! Abrimos la alacena para tomar lo primero que nos guste por rico… (¿y saludable?) En fin. ¿Pensamos por un instante si lo que tomamos para comer es alimento? ¿Si nutre a nuestro organismo, a esa entidad física que nos contiene, y conocemos por cuerpo?

¿A cuántos se nos ocurre preguntar si lo que comemos es comida o alimento?

¿Hay diferencia entre ellos?

Aquello que alimenta, nos provee de energía suficiente para lo que resta del día, aportando la cantidad de nutrientes necesaria para que el cuerpo responda de manera adecuada en diferentes situaciones, climas diversos, y en contextos donde pueden habitar virus, bacterias, gérmenes…

Así me surgió la pregunta. Y más que enunciar tips, consejos, consuelo o sugerencias (cuack!), consideré para este hecho tan elemental como el acto de alimentarnos – que se ha vuelto por demás sofisticado – que lo mejor que podía hacer, radicaba en entregar preguntas.

Varias son las preguntas que me acompañan hace unos cinco años, cuando comencé a curiosear en lo que le doy a mi cuerpo, para satisfacer su necesidad de alimento, ya sea para re energizarlo (/me), así como desarrollar y potenciar los ecosistemas de prevención de enfermedades que viven en él. Teniendo presente también esta interioridad, y no justamente como algo ajeno a mí – y que pareciera ajena a muchos –  al menos hasta la aparición de alguna enfermedad derivada o no de la comida, o la alimentación que practican, tanto como de la vida que llevan.

Entonces ahí aparece una “consciencia de interioridad” física. Un reconocer que adentro de quien habla hay órganos, un sistema de órganos, que trabaja permanentemente en equilibrar toda nuestra humanidad para que nos sintamos a gusto en el transcurrir de nuestros días.

Ahora, me pregunto ¿Cuan inconscientes, negadores (por qué no ignorantes)  debemos ser para poner en riesgo ese equilibrio – o romperlo a veces? Y encontrarnos, pareciera que sorpresivamente, con un síntoma que se puede traducir en algún tipo de enfermedad (leve cuanto menos es lo deseado). ¡Oh! …(Acá es la parte de los temores, como mínimo).

Una vez más me encontré preguntándome qué acciones pueden devenir en buenos hábitos, y por ende ayudan a mantenerme en condiciones físicas y psíquicas óptimas. Y en consecuencia, mitiguen o pongan un “stop” (“pará”) al impulso de comer sin pensar. Concluí entonces que anteponer una pregunta a ese momento de hambre es “el ejercicio” básico para incorporar un hábito saludable. La repetición hace al hábito, y el hábito arroja el resultado. Preguntarnos para tomar conciencia acerca de qué es real y probadamente alimento; para que una vez ingerido nos sintamos mejor que antes de comerlo. Ahora, cómo lo comemos, qué cantidad, qué velocidad, de qué manera ingresa a nuestro cuerpo, son preguntas que también me permiten dar cuenta y comenzar a ser consciente de qué es lo mejor que puedo hacer en el acto elemental de comer, para que el alimento haga lo bueno que hace cuando es tal.

Entonces, la desnaturalización de esos hábitos que podemos reconocer a las claras como generadores de enfermedades serias, y la naturalización de nuevos hábitos, esos que vienen a recomponer un estado orgánico y anímico saludable, puede resultar un trabajo sencillo si me hago otra pregunta: ¿Cómo me veo y quiero sentirme dentro de una determinada cantidad de años?

Y la otra “preguntita” que se me ocurre y les dejo aquí es: ¿Qué estoy haciendo hoy para verme y sentirme como me veo a esa determinada cantidad de años? O el mes que viene…

Besitos para todas, todos y todes.

HuDU
Autor: Fernando A. Hechtlinger
@nanohecht (ig/fb)

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