Como si fuéramos humoristas de la picaresca, los estados críticos nos sueltan el ingenio. Nada mejor que un chiste para sacar al otro de un estado de tristeza. Es una necesidad que nace de la boca del estómago.
Se muere el padre bien amado de un amigo: “¿Es irreversible?”, le suelta un amoroso desubicado. Y así la risa cruza cielos.
“Mamá vino a ver el ensayo”, gritó un actor recientemente huérfano ante las cenizas de un sahumerio. Y esa madre se hizo presente en la mirada de todos.
¿Qué mejor antídoto infalible para sobrellevar a una “adoleanciana descarriada” que zamparle un chiste a una hija al borde del ataque de nervios? Es así: la vida nos da el humor para poder sobrevivir. No es correcto, no puede serlo, porque es el shock sorpresivo el que nos saca de los lugares oscuros.
Los cultores del humor guardan en nuestros corazones lugares de oro. Hasta propondría buscar los videítos antiguos de Les Luthiers para salir de estados de tristeza. Con sorpresa vi que mi adolescente los disfruta, y yo termino pensando que también les encantaban a mis papás.
Habitamos un mundo difícil; siempre fue difícil. Como humanos, nos toca salir airosos de esta prueba. Hechos horrorosos son contados una y mil veces, llenándonos de miedo y tristeza. Refugiarse en el humor es buscar en el corazón que la llamita del amor no se nos apague.
“Inventate una sonrisa”, escribía Marta Fleischer, nuestra fundadora, a quien reír le encantaba. En junio recordamos su cumpleaños. Su humor se quedó con nosotros, como se queda el humor del papá de Hernán y el humor de tantos papás.
También tenemos que pensar en cómo queremos ser recordados.
Que disfrutes de la edición de junio.




