El alma se me vuelve torbellino en marzo. Me pongo inquieta. Es la edición que más me cuesta, quizás también porque es aniversario de esa ausencia que tiene tanta presencia en nosotros. Esa que marca mi nuevo cumpleaños como directora de Convivir (14 años, creo…) y todo en marzo. Marzo de 34 velitas para Convivir, que hace que el tiempo parezca una ilusión y, sin embargo, acontece.
Es un honor hacer Convivir todos los meses, lo repetimos como un mantra con Lucho. Pero marzo… marzo es especial. Arrancamos. Nos pienso como en una largada. ¿Qué nos deparará este año? ¿Sobreviviremos como humanos? Es una duda que se me enciende como lamparita, un poco en chiste, un poco en serio. Es charla de todos los días en la redacción.
Un poco preocupados por la IA, conversamos… y luego se nos develan terrores peores en las noticias diarias: guerras, ataques por intereses personales que poco tienen que ver con lo humano.
¿Vale la pena seguir bregando por un futuro mejor? Nos lo preguntamos como equipo. Y, por sobre todo: ¿cuándo el futuro se vuelve presente? Porque en 34 años de fomentar lo mismo, el futuro debería ser hoy.
Pienso en estas cosas mientras me escriben columnistas y anunciantes. Van y vienen artículos: “Fijate que te estás zarpando un poquito con esta opinión”, o “Agrandá el texto que no se ve, pasame el link”. Y todo se vuelve como la previa de una fiesta: preparativos y corridas. Una fiesta virtual de colores, textos e imágenes; de pensamientos… de discusiones…
Esta es mi fiesta de cumpleaños —dice Convivir—, que cumple 34 años y que, aunque bregue por una utopía, es algo que cada vez más personas deseamos. Un futuro que, para ser presente, necesita más de nosotros.
Y aquí estamos.






