Vivir naturalmente

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Cuando intentamos observar nuestro alrededor con una perspectiva que no enjuicia, cuando estamos atentas, atentos a purificar nuestro lenguaje fuera de comparaciones, pensamos acerca del mundo de manera menos hostigada. Una mente no exigida, probablemente, se transforme en un cuerpo no exigido y, esta conjunción mente-cuerpo, nos llevará a desarrollar movimientos físicos y emocionales naturales. 

La naturalidad es amiga de la liviandad, porque vacía el cuerpo de manera diaria. Me abro para recibir, no calculo, ni pienso lo que viene. Este mecanismo hace que fluya energía por todo el cuerpo y estemos abiertos, abiertas a vincularnos con menos posibilidad de tensión interna. No hay palabras, no hay ideas acerca de eso que se está haciendo, solo se hace. El intercambio espontáneo con un universo receptivo que no juzga ni condiciona, permite que la vivacidad del movimiento inunde de gozo a la existencia. Emerge un encanto que resuena con ritmos vitales. Se genera un ida y vuelta con la otra, con el otro, con una nutrida reciprocidad. 

El universo de la imagen resulta peligroso para el desarrollo de esta naturalidad porque la encorseta con juicios.  El culto a la belleza escénica impulsa todo tipo de maquillaje de los cuerpos en cada una de sus partes hasta llegar a obstinaciones perfeccionistas. Algunos mensajes apuntan a desarrollar un virtuosismo físico que distorsiona la idea de expresividad espontánea. 

Cuerpos sometidos a la voluntad externa de moverse con una “belleza” artificial interfiere el goce del propio estilo. Vivir para una espectadora o un espectador convierte al arte de lo corporal, en un artificio, en un culto a la estética.  Así es como algunas personas van perdiendo su estilo, su savia original, para transformarse en un producto mercantilista con capacidad de despertar emociones en una audiencia que la o lo mira y enjuicia, por su peso corporal, su rostro, su edad. 

El placer corporal es el vehículo para moverse libremente de manera suelta y grácil. En cambio, si el movimiento expresivo se ve afectado por la irrupción de imágenes que condicionan la espontaneidad, lo autentico pierde la posibilidad de ser disfrutado y esto también se expande alrededor. Buscar ser elogiada o elogiado al moverse, es un rasgo egotista. Quienes están dominados, dominadas por la expresión de una imagen, confunden el ego con el sí mismo corporal, es decir, priorizan el ser gustado o gustadas, que el gustarse o encontrarse con el “amor propio” o el amor por el propio movimiento, esto es, viviendo desde dentro y no hacia afuera.

Envolver con ternura la vida para elevar la frecuencia vibratoria puede ser “contagioso”. Una afectación donde circula energía vital, pulsión de vida. 

Para vivir naturalmente, no hay que forzar los movimientos, porque se corre el riesgo de generar prácticas desgastantes que, a veces, dejan al cuerpo exhausto. Abrirse a la escucha de lo expresivo singular, para “dejar ir” lo espontáneo, sin condicionamientos, es bailar la propia danza. 

Se puede sentir placer en la danza natural, la que nos caracteriza como seres únicos.

Cada rítmica personal -si se la apropia- suelta una cadencia preciosa. Eso es belleza, eso es danza.  La soltura se quiebra si existe una fuerza externa que nos obliga a hacer y nos exige un desgaste mayor a lo posible. En el simple placer, la voluntad cede y el ego (gobernado por la mente) renuncia a su hegemonía sobre el cuerpo. El goce primero comienza con un modesto latir, luego se convierte en pequeños y constantes instantes a los que no podemos renunciar, y se prolonga si trasciende la idea de inmediatez. El secreto del placer está oculto en el fenómeno de la vibración, es un potencial y una fuerza mágica que nos mueve hacia la espontaneidad. Dancemos naturalmente la vida. Es una experiencia que recomiendo desde lo más profundo de mi Ser.

Alejandra Brener 
Lic. en Ciencias de la Educación
Terapeuta corporal – Bioenergetista

alejandrabrener@gmail.com

/Alejandra Brener Bioenergética

@espacioatierra

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