Somos pocos los que estamos conformes con lo que recibimos de la vida; y muchos los que imaginamos que merecemos muchísimo más de lo cosechado. Sin embargo, si no fuera de esa manera, quizás no existirían las ganas de superarse y progresar. Tampoco existiría la ambición que, si es desmedida, claramente no es buena. Cuántos desajustes y faltas a la ética (y a la moral) se han cometido por un exceso de ella.
Pero en este caso, no me refiero a la ambición descontrolada. Me refiero al anhelo de ser mejores: sobre todo mejores personas en el día a día, en nuestras tareas, con la familia o los vecinos; en los muchos ámbitos que rodean la vida, tanto pública como privada. Porque todos, quien más quien menos, intentamos mostrarnos mejor de lo que somos para que se nos vea bien: plantados, armados, jóvenes, exitosos, bonitos.
“Vivir es un desafío, un desafío enorme que se presenta cada mañana cuando nos levantamos”, reflexioné una vez en una tapa, y muchos lectores se sintieron tocados por esa frase. Es que la vida entera está diseñada como un reto que nos genera inquietudes y nos impulsa a tratar de ser siempre mejores, con el objetivo de llegar contentos al final del camino.
A lo largo de la vida, hemos conocido a muchas personas cuyas acciones son un ejemplo para los demás. Un ejemplo de lo que hicieron con sus vidas: siempre alegres, con fortaleza y buen ánimo, cumpliendo con sus ocupaciones diarias sean las que fueren. Cuidando, ayudando… hombres y mujeres que, con su sola presencia e historia, nos enseñan cómo debemos situarnos ante lo que se nos presenta. Ellos no piensan en sus años como un límite; más bien piensan en lo que quieren hacer y tratan de realizarlo de la mejor manera. Es la forma más perfecta de superarse y lograr lo que ambicionan.
Sabemos que no vivimos en un mundo ideal —lejos estamos—, pero somos muchos los que intentamos mejorarlo, aunque sea con pequeñas acciones, lo cual no es poco. Aunque sepamos que a veces no parece alcanzar (ya que a diario tenemos pruebas de ello), quizás esa ambición bien entendida sea la que no nos deje bajar los brazos.
Las religiones nos enseñan que debemos trascender el deseo: no ambicionar absolutamente nada para sentirnos bien en nuestro interior con aquello que somos. Sin embargo, en este mundo de tres dimensiones en el que nos manifestamos, el equilibrio es importante. Me refiero a lograr la armonía entre la vida cotidiana que compartimos con el resto y los deseos personales, esos anhelos del corazón.
Hay un lugar para cada uno y hay que poner cada cosa en su lugar. Revisemos nuestras ambiciones; repasemos cuáles de ellas ya hemos logrado y qué nos falta conseguir. También revisemos su viabilidad y si son efectivamente posibles de concretar. Si una vez conseguidas nos harán más felices, sabremos por qué cosas conviene todavía batallar. Es fundamental que mantengamos un enfoque acertado de nuestros deseos; si es así, cuanto antes los logremos, estaremos más felices. Con la convicción, finalmente, de que logramos aquello que nos merecemos.
Por Marta Susana Fleischer




