Enfermedad de Alzheimer

¿Quien sufre el riesgo mayor? ¿El enfermo o el familiar conviviente?

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La enfermedad de Alzheimer se caracteriza por su lenta evolución con edad de comienzo entre 40 y 80 años de edad e incidencia más frecuente a medida que avanza la edad. En promedio a partir de los 80 años su frecuencia está en 50% de las personas. Se comprende entonces que con la mayor longevidad que se ha alcanzado en los últimos 25 años ésta patología como así también todas las otras formas de demencias seniles arterioscleróticas tienen una importancia fundamental desde el punto de vista social, familiar y económico del paciente y de su grupo más próximo.

La enfermedad de Alzheimer comienza insidiosamente con pérdida de memoria, progresiva hasta llevar a una imposibilidad total de auto validez, trastornos cognitivos donde el paciente no puede interpretar lo que lee, escribe y escucha y en una etapa más tardía, trastornos de conductas que también son progresivos y van desde el insomnio, lo que los lleva a deambular de noche comiendo compulsivamente o revisando cajones o papeles sin un objetivo preciso trastornos de ansiedad, angustia, depresión hasta cuadros de excitación y pérdida de control de esfínteres que hacen necesaria la internación.

Todos estos síntomas se desarrollan a lo largo de varios años (10 a 15 años en promedio).

El deterioro progresivo descripto que lleva a la invalidez del anciano, y a la larga duración de la enfermedad provocan sin duda serios problemas para la persona o personas convivientes sea se trate del o de la esposa, hermanos o hijos.

Si bien la toma de conciencia de la incapacidad en el propio enfermo difieren según su nivel intelectual previo, provocándole angustias o depresión, la enfermedad provoca una indiferencia afectiva progresiva que implica un gran sufrimiento para el paciente; en cambio el grupo familiar conviviente tiene graves sufrimientos y un estrés creciente ante el sentimiento de impotencia sumado a sentimientos de culpa que van deteriorando su salud física y psíquica llevándolo a una depresión creciente.

En EE.UU. se trabaja desde la prevención tanto en el paciente como en su familiar conviviente al que se lo integra en grupos de información y apoyo desde el comienzo del problema ya que se pueden obtener mejores resultados a lo largo del tiempo y como en otras enfermedades, se Iogra una disminución de costos económicos financieros en la familia.

Es natural que el familiar conviviente al notar la pérdida progresiva en la salud mental y física de su ser querido, acuda a médicos de diferentes especialidades ya medicaciones diversas; pero si la familia conviviente y el resto del grupo familiar que en muchas ocasiones solo trata de ayudar con opiniones sin asidero realista, no están informadas correctamente y apoyadas convenientemente, se verán fatalmente llevadas a estados de desesperación que van a trascender en su ámbito laboral y social de manera muy negativa.

Por todas las razones que he tratado de resumir escuetamente, sugiero a los familiares del impacto que la enfermedad tendrá no solo en su ser querido sino en ellos mismos. Asesorarse con un profesional médico neurólogo y psiquiatra que pueda ver globalmente el conflicto y unirse aun grupo de apoyo y de seguimiento aún después de la pérdida del ser querido con el objetivo de ir tomando en cada momento las decisiones más adecuadas con el respeto y dignidad que le darán fortaleza espiritual y paz interior en la vida que continua.

Dra. María Rosa Quartino
Médica neuróloga psiquiatra

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