En los últimos tiempos, nuestra vida cotidiana se halla sacudida por fuertes turbulencias, y nos vemos obligados a realizar constantes esfuerzos para recobrar el equilibrio entre intensas presiones hacia la ira o la desesperanza. Nuestra experiencia es una sucesión o desfile incesante de peligros, agravios, pérdidas y despojos, al punto de sentir que no estamos en tierra firme.
Es un momento de nuestra “peregrinación” en el cual, como en toda crisis, se nos presentan oportunidades para aprender y decidir, particularmente para quienes transitamos conscientemente nuestro camino de evolución cósmica. En términos de la antigua sabiduría, vivimos un tiempo de tribulación, que es como estar en el crisol del alquimista, desechando materia burda para obtener materia noble. Es decir, podemos advertir en estas situaciones de prueba una intencionalidad y, con esa brújula, podemos aprovechar – como buenos navegantes en el mar tempestuoso de la vida- la fuerza de la adversidad para avanzar en la dirección de nuestras metas.
Esto es posible porque al transitar estos caminos quebrados nos asaltan frecuentemente la confusión y la incertidumbre. Nos hacemos preguntas. Nos planteamos dudas y vacilamos. Necesitamos redefinir propósitos y creencias. Si soportamos la prueba, podemos salir de ella fortalecidos y purificados. ¿Y cuál es esa intencionalidad?¿A qué nos inducen estas experiencias?
En primer lugar nos conducen a interrogaciones fundamentales sobre los afanes de nuestra propia existencia cotidiana para rescatar en ella lo que hay de esencial y trascendente. Es decir, revisamos nuestra escala de valores y de ese modo jerarquizamos nuestros esfuerzos, nuestros compromisos y nuestras emociones. En esta revisión que forzosamente hacemos, contamos con la ayuda esclarecedora de la Sabiduría ancestral, que anida en lo profundo del alma humana. Ella nos advierte para no caer en sendas erráticas atrapando vientos, y susurra en nuestra conciencia el mensaje que necesitamos en el momento indicado para discernir lo real de lo ilusorio. Solo es necesario afinar el oído interno y mediante la meditación y la oración entrar en entonamiento con la Sabiduría Universal. Así es como llega a nosotros, el “consuelo” o aliento del Conocimiento Superior o Gnosis, que San Clemente de Alejandría definió como aquello por lo cual sabemos “de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos” Con este saber esencial y sagrado, estamos en condiciones no solo de reformular nuestras expectativas concretas en tiempos de tribulación, sino que podemos mantener intactos nuestros sentimientos de confianza, esperanza y paz profunda. En el salmo 84 encontramos un versículo que describe así, esta condición existencial: “Feliz aquel que tiene el Sagrado Sendero en su corazón”, porque de ese modo, atravesará el valle de tinieblas, “revestido de luz como de un manto” (salmo 104) y avanzando libre de temor y congoja: “cantaré al Señor toda mi vida” (Ibidem). Este estado de ánimo es posible cuando aprendemos a “ver” lo cotidiano desde la perspectiva de lo esencial y permanente. En este sentido el apóstol Pablo, insistía en exhortar al gozo y la alegría, diciendo que debíamos ser “eucaristós”, esto es, vivir en actitud de agradecimiento porque caminamos en la Luz y conocemos a Dios. Si en mi corazón siento que Dios es mi luz, mi vida y mi roca y que en Él me sustento como la ola en el mar, que me hará temblar? Qué podré temer? (Sal. 27 y 54).
Prof. Carlos A. Papaleo
Lic. en Filosofía y Psicología





