Varios años de mi vida, al iniciar un nuevo año, descansaba en la necesidad de predecirlo todo, en la prevención de causas que siempre producían el mismo efecto, en la perpetua obligación de no dudar para poder tumbarme en la efectividad de lo programado. Sin embargo, comprobé que esa sensación de descanso era engañosa, porque funcionaba bajo la creencia de que sostener el control de todo, me relajaba. Cuando me dispuse a soltar el control, noté un hecho muy asombroso: algo se despejó en el espacio – tiempo, y comencé a adoptar una disposición más receptiva a lo que la vida me presentaba. En lugar de pensar permanentemente una agenda con objetivos, tareas y resultados, me dispuse a actuar sin mediciones. Ahí aparecieron nuevos detalles: el cuerpo inauguró un vivir más sereno, incluso, sucedieron imprevistos que se transformaron en regalos, como por, ejemplo, observar que realizaba trabajos de manera forzada, sin placer y ahí le di espacio a los giros y caminos diferentes. El mismo mecanismo lo adopté frente a las cosas simples de la vida. Andaba, dejándome ser, cediendo ante la planificación alocada, solo lo mínimo e indispensable. Cuando lo adopté como hábito, se me despertó como una especie de entrega al vivir que, lejos de generar control o programaciones rígidas, me permitió organizarme más apaciblemente. Así que, la tarea consistió en comenzar el año registrando lo que venía con el radar de la tolerancia, con la escucha profunda del cuerpo, sus sensaciones y así fue como surgió la contemplación, la que sumó un rasgo que hoy pondero mucho: la plasticidad. Es una sensación relajada que me ayuda a adaptarme a los imprevistos sin drama y con naturalidad.






