La vuelta a casa

Había una vez una ciclópea y amorosa conciencia que permanecía inmóvil en un estado de completa y eterna felicidad hasta que -en una minúscula fracción de tiempo- sintió que quería jugar, experimentar y a la vez conocerse un poco más. Entonces comenzó a imaginar universos y mundos, y todo lo que contienen.
Fue el principio de la Creación.
El Espíritu Divino se multiplicó por todos los confines y poco a poco fue bajando sus vibraciones, hasta el momento en que alcanzó la tercera dimensión. Ahora las almas tenían un cuerpo para seguir experimentando: nació el Hombre que, después de muchas pruebas, dio origen a la pareja humana.
Desde entonces están las almas ocupando un cuerpo físico, con el fin de perfeccionarse un poco más cada día hasta que logren recuperar su estado divino y se produzca la unión con el Creador.
Mientras tanto, hasta que llegue ese ansiado momento, las personas nacen, crecen y mueren una y otra vez. Cada una de las experiencias vividas en este o en otros mundos, se van contabilizando y producen el enriquecimiento del alma con miras a conquistar la divinidad… Y aquí estamos: usted y yo y aquél, todos interactuando, generalmente olvidados de lo que es nuestro verdadero ser.
Viviendo en la ilusión de creer que estamos separados, y que el otro es ajeno a nosotros.
Y a medida que nos adentramos en la densidad de este mundo de 3 dimensiones, material y sensorio, más nos olvidamos de la historia que llevamos escrita en los genes, y nos quedamos impregnados de ilusión; que es lo mismo que ignorancia o desconocimiento. Entonces nos dividimos en partidos políticos, en clu- bes de fútbol, en colegios ricos y colegios pobres, en
vacaciones costosas o “planes sociales”, en guerras por el petróleo…
Nos dividimos, nos dividimos, nos dividimos… Pero esa chispa que llevamos inmersa en el núcleo de nuestra humanidad, permanece viva, pulsando. Y no hace falta un gran esfuerzo para redescubrirla y lograr que crezca y se manifieste.
Como una fuerza centrífuga, que se expande hacia los lados, la conciencia colectiva de divinidad crece cada día más.
Y nada la puede parar.
Reconocer la divinidad inherente en cada uno es aceptar la unidad; es saber que todos somos uno, y que no hay nadie “afuera”, o ajeno, o distinto. Esa recuperación de lo divino que somos es el despertar de las almas, el “camino de vuelta a casa”, el fin de la búsqueda y la llegada a la meta.
Nuestras almas tienen deseos de vivir felices, de romper con las ataduras y sentir la libertad pura y verdadera de reconocernos.
En nuestras células están los mismos compuestos que forman las estrellas. Somos iguales a toda la creación. El universo se achica y nos cuenta sus secretos, un mundo es igual a uno de nuestros átomos. Somos dioses creando y estamos encontrando el camino de vuelta a casa.
Un mundo nuevo se encuentra escondido dentro de nuestro pecho y ya no desea continuar esperando que lo descubramos.
El reconocimiento de nuestra esencia, de aquello que somos, es la tarea primordial que tenemos que encarar con esfuerzo y dedicación, para que podamos completar el juego de Dios.

M.S.F

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