Se dio, y por casualidad, que el mes pasado varias partidas de madres se sucedieron. Y no hablo de viajes, hablo de que “se fueron de gira” … como dicen en el teatro (frase que curiosamente enoja a quienes los amaban realmente: “de gira se vuelve” – aprietan artistas los dientes).
Aquí se quedan los hijos que supieron hacer esas madres prosperar, que no es poca cosa. Se quedan los amigos que devienen en tíos y tías, compañeros transformados en viudos; y se agradece, se hace el recuento de una vida.
Me di cuenta de que ese “no somos nada” no es verdad. Somos mucho todos, somos importantes. Se queda el recuerdo de quienes fuimos en boca de nuestros seres queridos, se brinda por nosotros para un buen viaje, se aplaude, se vuelven leyenda nuestras aventuras, se come algo que nos gustaba, se llora.
“Me comí todo en el vuelo, am-am, es el hambre de madre” —me dice mi amiga en Ezeiza luego de 17 horas de duelo —.
Madres tenemos todos. Las que están, las que nos maternan, las que partieron, y hasta las que no quisieron. Por ausencia o por presencia, es la imagen primordial que nos atraviesa como humanidad.
Hoy, en un mundo desmadrado, en el que muchos y muchas dudan si traer un hijo a esta tierra, sus razones tienen. Pero el cobijo de quienes nos quieren, el encuentro, la reunión, la ternura de las madres es fundamental. ¿Hay poder más grande que el de crear una vida?
Valorar la vida propia y ajena, dar ternura a quien lo necesite es un acto por el bien de los humanos. Al final, lo que quedará de nosotros es cuánto nos hemos brindado a los demás.
Qué responsables somos, entonces, de lo que hacemos con nuestras vidas.
Ade, Telma, Ana, ya estrellita de luz, son.✨✨✨
Cecilia Andrada – Directora



