Y si se viniera al mundo para aprender a morir felices? No es lo mejor que se puede esperar de la vida? Porque, para morir feliz, hay que mirar hacia atrás y sentir que valió la pena, que valieron el esfuerzo y el sacrificio. Que hicimos las cosas bien, que lo “disfrutamos” —abrimos la fruta y la probamos— y que ahora, con la experiencia y la conciencia claras, esas penas, sacrificios y esfuerzos reconfortan y nos inundan de coherencia.
Dejamos atrás un legado único, que puede ser para la familia, los hijos, la comunidad, un saber, una institución o para toda la humanidad. Solo vivimos para dejar nuestra única y singular firma en los registros colectivos de la humanidad siendo nosotros mismos. Porque antes que vos y después que vos no habrá otro igual que vos. Asumirlo con integridad, dignidad, idoneidad e impecabilidad es nuestra forma de “Morir Felices”, llenos de claridad y colmados de la satisfacción de haber sido nosotros mismos: puros, honestos, verdaderos y únicos.
La muerte es lo más profundo, misterioso e importante que tiene la vida. Todos quieren vivir felices, por lo que casi nadie muere contento. Porque, si todos quisieran morir felices, la vida alcanzaría para todos. Al querer todos vivir felices, se confunde el medio con el fin, ya que, si no cumplimos nuestro propósito, no podemos ser felices. “¡El Alma sin Propósito se Marchita, no florece!”. La felicidad es un camino y no un fin en sí misma; es un camino de integridad hacia una muerte noble.
La ilusión del tiempo infinito nos hace querer “Vivir Feliz”. Si la “Buena Muerte” es mi guía, vivo para la trascendencia, para cumplir mi propósito y elevarme en conciencia. En cambio, si la “Buena Vida” es mi meta, muero desconectado de mi alma, en lo superfluo de la vida, en la banalidad. Entendido esto como una perpetuación indefinida del goce inmediato que conduce a la amnesia existencial.
Si todos quisieran morir felices, viviríamos en un mundo feliz. Nadie perdería el foco ni la atención, nadie caería en la trampa del secuestro de la atención y la aniquilación de la conciencia, en la banalidad, la superficialidad y el consumo depredador. Es la trampa de la inmortalidad ilusoria, donde cada acto se posterga o se banaliza bajo la premisa de que siempre habrá un mañana.
La buena muerte ayuda a trascender, devuelve peso y dirección a nuestros actos, nos obliga a elegir con integridad y convierte el paso por el mundo en una ofrenda con sentido. Quien se orienta hacia el final sabe que lo único que perdura es lo que se amó, lo que se construyó con honestidad y lo que se entregó a los demás. El Ego elige la inmediatez y la superficialidad para no tener que asumir compromisos y responsabilidades profundas que permitan cumplir nuestro propósito en la vida.
La muerte es una paradoja profunda y filosóficamente precisa. Para que la vida orgánica evolucione, se adapte y continúe, los individuos deben morir. La inmortalidad biológica de los individuos paralizaría la evolución por selección natural y podría llevar al colapso de los ecosistemas por agotamiento de los recursos. La falsa ilusión de que el objetivo es “Vivir Feliz” —entendido muchas veces como la acumulación incesante de bienestar, comodidad y evasión del dolor— es precisamente lo que nos condena a la insatisfacción perpetua y a morir vacíos, como seres huecos.
Morir feliz no es el punto final de una fiesta interminable, sino la celebración de la cosecha de una vida realizada. Después de haberse cumplido el proceso de preparación del campo, de la siembra y del cuidado, con la actitud adecuada para tener “Buen Clima” y que no se arruinen la siembra ni el esfuerzo. Requiere el balance de haber habitado la coherencia y experimentado con presencia. Sentir que el paso por la materia dejó una huella genuina y que el disfrute no fue evasión, sino posición, presencia, acto y continuidad de la semilla.
Casi nadie muere contento porque quien solo busca sostener la vida a toda costa suele terminar traicionándola: postergando lo esencial, acumulando deudas con sus propios deseos y necesidades y mirando hacia atrás con el peso de lo no vivido, de lo postergado. No abrazar la muerte desde la primera hora de la conciencia es vivir una paradoja irrealizable e intrascendente.
El momento en que el ser humano deja de operar por mera pulsión de supervivencia y comprende su propio tiempo, su “Tiempo de Autor”, es el instante en que la razón se reconoce a sí misma como algo temporal y da paso a la “Conciencia”. Intentar vivir de espaldas a la muerte, fingiendo que somos eternos, es la gran ilusión cotidiana de nuestra programación social y es “irrealizable”, porque la materia misma nos recuerda constantemente nuestra vulnerabilidad. Tarde o temprano, la realidad rompe el velo y nos encontramos de frente con el tiempo perdido o con el tiempo ganado: para una muerte digna y plena o para una caída en el vacío.
La intrascendencia de aquella vida que elude su propio límite corre el riesgo de volverse difusa, superficial o carente de peso y dignidad. Solo cuando el fondo oscuro de la muerte sostiene el lienzo, los colores del presente adquieren urgencia, belleza y verdadero sentido. Es el recordatorio de que lo valioso de un instante reside precisamente en que no volverá a repetirse, al igual que nuestra vida. No se trata de un morbo necrológico, sino de la lucidez estoica y mística de saberse pasajero.
Tener presente la muerte ordena las prioridades, depura lo superfluo y permite actuar desde la trascendencia, conectando con aquello que sobrevive al propio cuerpo. Aprender a morir no es otra cosa que despertar del simulacro. Es dejar de postergar lo importante para cuando sobre tiempo, porque el tiempo nunca sobra: solo se gasta o se malgasta. Honrar la vida es atreverse a transitarla con la ligereza de quien sabe que nada le pertenece, pero con la profundidad de quien entiende que cada instante es definitivo.



