Entender la vida

El transcurso de una vida es una oportunidad única para aprender. Lecciones valiosas se nos van presentando con cada acontecimiento que nos toca vivir. Según la forma en que reaccionamos, si no nos dejamos vencer ante las dificultades y si nos comportamos fieles a nuestros principios, vamos anotando puntos a favor en nuestro libro de la vida personal.
Como si nos hubiéramos inscripto en un curso de una universidad, aprendemos distintas materias que podrían llamarse: Paciencia (encargándose la vida de comprobar una y mil veces con cuánta contamos); Lealtad (hacia las propias convicciones y hacia las relaciones y los afectos); Fidelidad (a los altos principios de la vida); Amor (a todo por igual, hasta manifestarlo en cada acción, en cada respiración y en cada pensamiento). Y, cuando llega el final del curso, rendimos examen.
Las personas somos almas que necesitan del cuerpo físico para adquirir experiencia. A veces, las lecciones que tenemos que aprender resultan demasiado duras porque no entendemos, o no prestamos la debida atención y nos distraemos en otros asuntos.
Hay materias para todos los gustos y cada uno elige la que más le conviene ese año… una vida.
Acá muchos se dirán:

—¿Me van a hacer creer que yo elegí lo que me toca vivir, si me sale todo mal y estoy desconforme con mi pareja, mi trabajo y me falta salud?

Tengan la seguridad de que, cuando —siendo almas— planificamos lo que va a ser nuestra vida en este mundo, cuidamos de elegir aquello que más nos conviene, ya que aquí aprendemos por medio del sufrimiento… hasta el día en que nos damos cuenta de que podemos continuar aprendiendo a través de la felicidad y del servicio desinteresado.
Intentemos encontrarle la vuelta a la vida. Comencemos por perdonarnos y por perdonar; tratemos de comprender el punto de vista de los demás y limemos las asperezas de nuestro carácter.
Realicemos un rápido conteo mental de las cosas que tenemos y por las que podemos dar gracias, aunque sean mínimas.
¿Tenemos salud? ¿Un perrito que nos ladre? ¿Agua corriente? ¿Una cama para dormir? ¿Cenamos anoche? ¿Al menos un pariente? ¿Y un amigo? (Si no lo tenemos, hay que encontrarlo con urgencia). ¿Un techo? ¿Estamos enfermos, pero la vamos sorteando? ¿Tenemos fuerzas para caminar y seguir adelante? ¿Y ganas de vivir?
Pensemos qué cosas nos hacen falta para ser felices. Es probable que, si le damos vueltas a la idea durante un rato, lleguemos a la conclusión de que, para ser felices, necesitamos… nada. Porque descubriremos que la felicidad es un estado del alma; algo que nace desde adentro, una manera de ver el lado positivo en cada cosa que nos sucede.
Y sentiremos en nuestro interior —como cuando se enciende una luz en la oscuridad— que somos Dioses aprendiendo. Entonces entenderemos el verdadero significado de la vida.

Marta Fleischer

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