Embobados vamos por la vida con un nuevo apéndice. ¿Por qué no soltamos el móvil?, me pregunto, mirando qué nuevo mensaje me enviaron que no puede esperar a que tome agua, o qué notificación recibí de mis cuentas de Instagram, o qué payasada hace alguien para vender algo que ni me importa.
La banalización de la información me está llevando al límite de lo que soporto. Lo que hasta hace poco era la “era de la información” está mutando, creo yo.
Mi vieja, maravillada, en la primera década del 2000 navegaba buscando información al alcance de la mano. Aquello que era para pocos se iluminaba para el que quisiera aprender, leer, mirar… ¿y ahora?
La información comprimida y masticada nos distrae de lo importante. A veces, cuando cuento algo, pienso si hablo por mí o si hablo con palabras de otro; otro que vi mientras “scrolleaba” en el infinito. ¿En qué creo? ¿En quién creo? Porque hasta tener fe está venido a menos. ¿Cómo creo? ¿Qué veo? ¿Nos llegamos a preguntar, acaso?
Sin embargo, vislumbro que estamos llegando a un techo. Lo percibo, lo olfateo.
¿O ya no se ve ridículo un anuncio creado con IA? Ese gatito falso, esa comida, esa casa perfecta… Yo no quiero ver a Harrison Ford en 2050 protagonizando una nueva de Indiana Jones. Lo quiero ver hoy, o ayer. Lo quiero ver viejito y actuando, porque nada falso nos puede emocionar.
Quiero disfrutar de El viaje de Chihiro; no quiero que me emulen a partir de una foto. Quiero gente pensando, equivocándose; discutiendo ideas. Comer una torta fallida de lo que recuerdo era la receta de mi abuela, y no visitar la pastelería “viral”, porque en la realidad siempre desilusiona.
¿Pero cuántas veces nos van a vender un buzón?
Atentos: la IA es una gran herramienta, es un martillo, pero no puede ser el arquitecto que sueña, ¿verdad? Soñar, soñamos nosotros.
“A mí el saber me encanta. ¡Nunca voy a dejar de estudiar!”, le dijo su hija a mi hermano, preocupado por su adolescente y el futuro, y así se llenó de esperanza.
En estos días de conmoción mundial y de palabras sin contexto, volver a tomarse un café con amigos, salir a hacer las compras, mirar por la ventana del bondi, charlar con nuestros hijos sobre el valor de la verdad y la justicia, es ser humanos.
Que nunca nos falte esa capacidad. No perdamos la costumbre.






