No es poca cosa conocer la propia identidad. La verdadera identidad, la que es nuestra esencia y nos define como eso que somos. Una individualidad que se mueve dentro de un conjunto a quien compone y da forma.
En los últimos 60 años en conjunto, como raza planetaria, efectuamos adelantos increíbles. Quien más quien menos, todos comprendemos que de ninguna manera podemos ser los únicos habitantes de un espacio que se nos muestra infinito. Comprendemos que el planeta es una nave que navega junto a otras naves y que pueden haber millones iguales, con vidas como las nuestras o muy distintas. Adquirimos sentido de universalidad. Podríamos llamarnos “Homo galacticus”, como leí una vez.
Las escuelas de conocimiento enseñan que este planeta es una escuela, a la que venimos para aprender y evolucionar. Parte de esa evolución consiste en redescubrirnos y en aceptarnos. Para eso pasamos por mil y una situaciones, una y otra vez, para que el ser escondido se vaya puliendo, mediante las conclusiones que va estimando, a medida que vive y se interrelaciona.
Qué otra cosa serían sino los lazos familiares y de amistad-odio que vamos tejiendo. Ese ser (alma) que contenemos va aprendiendo con cada paso, con cada decisión que tomamos. Incluso sacando conclusiones de los actos que realizan los demás. Todos opinamos sobre todo y todos tenemos la propia y particular versión de cada hecho vivido.
Es que para eso se presentan todas las historias, las pruebas, las enfermedades, los actos solidarios, los amores por los que vamos atravesando en una vida.
Y todo tiene como fin ulterior el conseguir que nos reconozcamos, que entendamos -por fin- que somos un gigante con sentimientos de niño, que vino a asomarse a este bendito planeta para ver y experimentar de qué se trata esto de crecer, esto de madurar y convertirse en lo que realmente somos: seres espirituales en evolución constante, hermanos de los ángeles y, en definitiva, Dioses aprendiendo.
Si tomamos consciencia de quienes somos, las dificultades, los acontecimientos de todos los días, adquieren un significado nuevo. Comprendemos que están motivados por alguna oculta causa y diagramados para nuestro provecho. Le damos otra dimensión a todo lo que nos pasa y lo contemplamos desde una óptica más universalista que ubica “cada cosa en su lugar”. Y desaparecen penas y tormentos, dejando paso a una sensación de satisfacción que nos motiva e impulsa a superarnos y crecer.
Si nos reconocemos, si no nos queda la más mínima duda de quienes realmente somos, prevalecerá un sentido de hermandad y universalidad que nos hará superar cada prueba.
M.S.F





