El tiempo acelerado no nos permite detenernos y pensar un minuto, en donde estamos parados, en qué nos disgusta y qué nos hace felices. No me refiero al exterior, me refiero a las propias actitudes, no a las ajenas. Porque tan solo nos podemos hacer cargo de nosotros mismos. Y de nuestra capacidad para ser felices.
Una manera de hacerlo es tomar conciencia del instante. Que la vida no nos viva, sino que nosotros vivamos nuestra vida. Para eso tenemos que estar atentos en cada momento. Observarnos como si hubiera un doble nuestro, invisible pero presente, que no nos critica; solamente nos observa. Así aprendemos a tomar conciencia. Conciencia de la cantidad de veces que nos reímos, que criticamos, que estamos a disgusto… Y el resultado será conocernos un poco más. Comprender cuáles son las cosas trascendentes y darle a la propia vida su verdadero valor.
El monstruo
Lo que tenemos que trascender es el miedo. El miedo se presenta como un monstruo de 1000 caras y según la víctima que elige adquiere una forma distinta.
¿A qué le tenemos miedo?:
¿A la enfermedad?
¿A la muerte?
¿Al dolor?
¿A la soledad?
¿A la vejez?
¿A la falta de dinero?
¿A no ser amados?
(Ponga aquí su miedo personal)
El monstruo asumirá el rol que más tememos, hasta que nos demos cuenta de que sólo es una ilusión, que nosotros mismos le dimos vida. Entonces nos reiremos del engendro que hemos creado, y lo habremos vencido. Desaparecerá porque ya no nos asusta más.
Venimos a la tierra a aprender a resolver situaciones. Cuando nos mantenemos equidistantes de la alegría y del dolor, cuando no permitimos que nos conmuevan las variadas pruebas que nos enfrentan; podemos quedarnos tranquilos y decirnos que hemos triunfado.
M. S. F



