Está sólidamente comprobado que las abejas están entre los seres vivos más importantes para la estabilidad de los ecosistemas y la alimentación humana. Según la FAO, cerca del 90 % de las plantas silvestres con flor y más del 75 % de los cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos en parte, de la polinización animal.
Esto significa que las abejas no sólo sostienen la producción de miel: participan en la existencia de frutas, verduras, semillas, frutos secos, cacao, café y muchas plantas que alimentan también a aves, mamíferos e insectos. Sin polinizadores, la dieta humana sería más pobre, menos diversa y más cara. La seguridad alimentaria global quedaría afectada.
¿Están desapareciendo? La respuesta es compleja. Las colmenas manejadas por apicultores han aumentado a nivel global: un estudio basado en datos de FAOSTAT indica que pasaron de 58,8 millones en el año 2000 a 102 millones en 2022, un crecimiento del 76,3 %. Pero ese dato no significa que las abejas estén a salvo. Habla sobre todo de colmenas productivas, no de abejas silvestres ni de diversidad de especies.
La preocupación científica se concentra justamente allí: muchas especies silvestres están en retroceso. El informe de IPBES advierte que, donde existen listas rojas nacionales o regionales, más del 40 % de las especies de abejas y mariposas pueden estar amenazadas. En Europa, una evaluación reciente de la UICN estimó que alrededor del 10 % de las abejas silvestres evaluadas están en riesgo de extinción, más del doble que en la evaluación anterior.
También hay pérdidas importantes en colmenas manejadas. En Estados Unidos, entre abril de 2023 y abril de 2024, los apicultores reportaron una pérdida anual estimada del 55,1 % de sus colonias, la cifra más alta desde que se calcula esa serie. En América Latina, un estudio publicado en Scientific Reports registró pérdidas invernales promedio del 20,6 % en colonias de abejas melíferas, ubicando a la región entre Europa y Estados Unidos en nivel de pérdidas.
Las amenazas son múltiples y se potencian entre sí: pérdida de hábitat, monocultivos, uso de pesticidas, cambio climático, contaminación, parásitos como el ácaro varroa, enfermedades, mala nutrición floral y reducción de plantas nativas. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que las poblaciones de abejas vienen disminuyendo en las últimas décadas por pérdida de hábitat, agricultura intensiva, cambios climáticos y uso excesivo de agroquímicos.
¿Pero, es que el consumo de miel depreda a las abejas? No necesariamente. La apicultura responsable puede estar en equilibrio e incluso ayudar a sostener colmenas sanas. El problema aparece cuando la producción es intensiva, se extrae más miel de la que la colonia puede reemplazar, se alimenta mal a las abejas o se las somete a traslados y manejos estresantes. Consumir miel de productores responsables, locales y cuidadosos puede acompañar una relación más equilibrada con estos insectos.
La comunidad científica y ecológica trabaja en varias líneas: monitoreo de poblaciones, restricciones a pesticidas peligrosos, restauración de hábitats, promoción de corredores florales, investigación sobre enfermedades, protección de polinizadores nativos y agricultura agroecológica. Desde 2018, la ONU celebra cada 20 de mayo el Día Mundial de las Abejas para visibilizar su papel y las amenazas que enfrentan.
¿Qué podemos hacer? Plantar flores nativas, evitar insecticidas domésticos, dejar pequeños espacios verdes sin cortar, elegir alimentos de producción agroecológica, apoyar apicultores responsables, cuidar árboles y jardines urbanos, no destruir panales sin consultar a especialistas y promover políticas públicas que protejan polinizadores.
Las abejas son fundamentales, cuidarlas no es un gesto romántico, es un gesto a favor del futuro y de la supervivencia del planeta.
Abejas: de ellas depende gran parte del planeta
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