Que estamos medio alteraditos no hay duda, resulta muy difícil mantener la calma cuando todo es potencialmente amenazante. Que guerras al alcance de la mano, que vociferaciones indebidas, que escándalos de corrupción; todo lo mismo por estos lares dirás, pero “recargado” pareciera… hasta con los adolescentes amenazando en las paredes, llenándonos de terror, incredulidad… recordando a las amenazas que hacían a nuestras escuelas y terminábamos en filitas en las plazas, ahí chiquitos, riéndonos de que nos quedábamos sin clases, sin ser conscientes de qué estábamos hablando. El terror siempre nos ha tocado de cerca, parece que es inherente a la condición humana. Vivos de milagro, diríamos. Hoy traspasamos la era de la información a la era de la desinformación. Me repito porque informar es mi metier, pero no salgo de mi asombro al ver la transformación hacia la incredulidad del todo. Qué es verdad, todo es mentira. Dudo de mí mismo y de mis opiniones prácticamente. En esta sopa toca respirar hondo. Y aguardar, quizás guardarse un poco las opiniones de las que no estamos tan seguros porque la confusión es el plato del día.
Me tocó viajar a buscar a mi hijo un día de conflictos de transportes, se viaja tan mal que contribuye al desasosiego. Un joven peleaba con el colectivero, y la realidad era que no se habían escuchado bien y ambos hablaban de cosas distintas. “Hay que tener el corazón de hierro”, me dijo una señora, “yo ya no me preocupo por los otros”, y yo, que soy rápida para contestar, me quedé muda, no me salió ni una sola palabra y eso que quería contestar al estilo de “Convivir” y nada. No me salió nada.
Día o días después, caminando por Av. Santa Fe con Luciano en nuestras charlas continuas, pasa un hombre, quizás loquito o el más cuerdo que hayamos visto, e iba bendiciendo a quien se cruzara: “bendiciones”, “te bendigo…”, a mí, a la señora del puesto de flores, al señor con el perrito… “¡Está bendiciendo a todos con los que se cruza!”, me dice Lucho. Y mi corazón se derritió de amor, al fin y al cabo el hierro se derrite al calor.






