El útero materno, desde la placenta como cubierta protectora, actúa como un entorno sensorial. Las primeras percepciones llegan desde las emociones de mamá y se advierten por medio de señales químicas y físicas durante la gestación. Por otro lado, la voz y los latidos cardíacos de ella tienen un poder que te deja impronta. Hay un registro muy primario que capta ritmos, vibraciones y eso marca un determinado tipo de percepción dejando inscripciones. Son rastros que luego tendrán influencia en modos de habitarse no conscientes, trazas que persisten y que, a veces, se recordarán con profundos trabajos introspectivos. Actúan como las escrituras antiguas de un pergamino porque quedan grabadas. Nuestra historia está teñida de cargas ancestrales con información genealógica de orden físico, emocional y cultural que se van transmitiendo de útero en útero. A lo largo de la historia de la humanidad, el útero, llamado también matriz, núcleo de vida o centro energético se lo ha equiparado con la Madre Tierra. En este entorno envolvente nos encontramos enteramente dependientes de mamá en el momento más primario de nuestra formación, desde el sustento nutricional hasta las cimientes del aparato psíquico. Sus pensamientos, sus creencias inconscientes, las vibraciones en su cuerpo generan sutiles voces que llegan a nuestro ser en gestación, sobre todo las que emanan del vínculo con los más allegados, especialmente papá. Todo un repertorio de información que posteriormente, se traducirá en programas de supervivencia que crearemos para adaptarnos a la vida por fuera del útero. El remanente de mandatos familiares, como, por ejemplo, lo que “se espera” de mamá como mujer y madre, ciertas lealtades inconsciente al sistema familiar, sus creencias acerca de la maternidad, van rodeándonos desde los primeros momentos de la formación. Comprender estas memorias es un proceso que abarca toda la vida y comienza desde allí. Para reencontrarnos con esos orígenes propongo trabajar desde lo profundo corporal, emocional, subconsciente y energético. Un modo de ir acercándonos a esos instantes es tomar conciencia de los impactos del miedo, el rechazo, la incertidumbre, las alegrías, las tristezas y todo lo que ha circulado durante el tiempo que habitamos ese cuenco sagrado donde navegábamos. Esas memorias requieren identificarse con paciencia. Son descubrimientos que dejan espacio para que despejar caminos y lograr ir encontrándonos con esa primerísima savia personal de la cual nos nutríamos. La vida es un viaje que se delinea con preguntas hacia las personas que están detrás nuestro en el árbol genealógico y especialmente a aquellos que nos acompañaron desde nuestra gestación, desde sus entrañas (mamá) y desde su amor fraternal (papá). Si contás con la presencia en vida de ellos tenelo en cuenta, porque nunca es tarde para continuar explorando la génesis de tus emociones y es una ruta plagada de maravillosas sorpresas, algunas alegres y otras que te regalan una tristeza, motor de crecimientos.



