La vida es una escuela para morir feliz -parte II
El naufragio de la banalidad de los que se aferran exclusivamente a la «buena Vida», viviendo una “comodidad estéril”, la negación del dolor o la negación de la propia finalidad se da en el plano psíquico y en la construcción de la identidad, que suele disolverse en la superficialidad y en la falta de compromiso con la vida verdadera.
La falta de perspectiva final convierte los días en una sucesión de urgencias vacías que culminan en el desconcierto, sin un propósito y con una sobrecompensación enorme a través de hábitos autodestructivos. Aprender a morir es honrar la vida, dando lo mejor de uno y siendo coherente con el “Estar”, el “Sentir”, el “Pensar” y el “Hacer”. En esa síntesis se cifra el secreto de una existencia lograda, alcanzando el “Ser Consciente”. Sólo quien se acepta en su propia Sombra es capaz de pintar la verdadera Luz de la existencia en su propio lienzo. Al separar el vivir del morir, convertimos a la muerte en un enemigo o en un tabú, cuando en realidad es el marco y la medida de todo lo demás, un sabio referente para orientarnos.
Ninguna obra tiene sentido sin un cierre o sin terminar; ninguna melodía vale sin su silencio final. Mirar el final no es un acto melancólico o morboso, sino el único criterio verdaderamente lúcido para ordenar el presente y transformar la realidad, transformándonos a nosotros mismos.
La escasez y el consumo, en el hedonismo material, reemplazaron la Abundancia; vivimos con el objetivo colectivo de la acumulación infinita para «vivir feliz». En este proceso, el mundo físico, la Tierra y la Naturaleza colapsan; los recursos son finitos y la ambición desatada no reconoce límites. Cuando confundimos los medios con los fines, el mundo se vuelve caótico y los recursos no alcanzan para todos. El consumo desmedido, como medio de vida, no es ecológico ni económico: es un ecocidio. La abundancia de la finitud es, en cambio, orientar la brújula hacia la «Buena Muerte» (la integración consciente de nuestro límite), lo que vuelve los recursos sostenibles y hace que la competencia mute en colaboración.
La Felicidad es un Medio, no un Fin. El mundo no alcanza para que todos tengan como fin «vivir felices» en la acumulación material, la expansión infinita, el consumo voraz y la competencia desleal. Los recursos se agotan, el espacio se satura y el bienestar de unos pocos se paga inevitablemente con la exclusión y el desgaste de los otros. Es la lógica de la escasez artificial y la voracidad en un mundo de depredadores, contra los seres humanos que buscan coherencia.
La vida «alcanza para todos» cuando se comprende que el propósito no es apropiarse del mundo, sino transitarlo con responsabilidad y entrega; cuando el horizonte es «Morir Feliz», esto sucede. La felicidad de la muerte no depende de lo que uno acapara, sino de lo que uno entrega, de cómo nos relacionamos con lo transitorio y del sentido que le damos a nuestros pasos. Ese tipo de plenitud no compite por el espacio físico ni agota los bienes materiales; se alimenta de la experiencia, del vínculo, de la obra bien hecha y de la aceptación de los ciclos. No requiere más megavatios ni más mercancías, sino más consciencia.
Es tocar el límite donde la filosofía se vuelve economía, ecología y geopolítica. Quien busca desesperadamente vivir feliz, en el sentido de retener, poseer y eternizar el placer, compite con el prójimo porque percibe que lo que el otro tiene se lo quita a él o le restringe la posibilidad de poseerlo. Quien asume que vino a morir y que el éxito de ese trance es la coherencia de lo vivido comprende que el destino es común y que la realización de uno no depende de la privación del otro.
La buena vida banaliza y anestesia el dolor, huye del compromiso profundo y convierte el tiempo en un bien de consumo que se gasta sin dejar huella. Vivir como si no fueras a morir es vivir engañado en la mentira de la Inmortalidad humana, algo que comenzamos a creer con la inmoralidad de las propagandas masivas. La ilusión de la permanencia es el mayor anestésico de la existencia. Creernos eternos es lo que nos vuelve mezquinos con el tiempo, negligentes con los afectos y acumuladores de aquello que no podemos llevarnos.
Paradójicamente, es la conciencia de la finitud la que le inyecta urgencia y peso específico a cada decisión. Cuando se acepta que el libro tiene un final, cada página deja de ser un trámite y pasa a ser irrepetible. Quien vive mirando de frente a su propia finitud no tiene tiempo para pequeñeces ni espacio para la vanidad; simplemente se dedica a hacer que su paso por aquí sea irrepetible.
Morir bien, con esa paz de quien siente que el juego valió la pena, es el subproducto inevitable de haber habitado la vida con verdad, asumiendo sus riesgos, sus duelos y su condición efímera. Si el horizonte fuera la muerte feliz, las prioridades del mundo entero girarían en torno al sentido, al legado, al amor y a la entrega, disolviendo el absurdo afán de control que gobierna a las sociedades actuales.
Cuando entendemos que cada encuentro es irrepetible, la negligencia afectiva deja de tener espacio. El abrazo, la escucha y el amor se vuelven actos conscientes y urgentes, no cosas que dejamos para «cuando tengamos más tiempo». El tiempo es uno.
«No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho». — Séneca



