Correr velos

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No es suficiente saber o entender por qué se percibe lo que se siente, es necesario experimentarlo en toda su intensidad. Para ello deben encontrarse la sensación con la expresión de ese sentimiento. De esta manera aflora un gesto, una mirada, un tono de voz y también palabras. Así va saliendo una trama. El cuerpo de ese tejido viviente surge del universo de espacios y personajes, de seres y experiencias que nos van habitando. Primero cobran vida mediante la observación y luego se hacen cuerpo a través de sensaciones y/o pensamientos.  Invito a explorar las huellas corporales de la experiencia. Es un ejercicio que conduce a registrar la causa y razón de tensiones, dolores físicos, emocionales, posturas desequilibrantes que configuran corazas musculares.

Desde que nacemos las emociones van “tomando cuerpo”, es decir, afectando de algún modo nuestro sistema muscular y orgánico. Si nos animamos a recorrer nuestra historia navegando entre el presente y el pasado, probablemente se desempolven ciertas secuelas de dolores guardados. Los sitios donde permanecen rezagados son las corazas. El desafío que propongo es comprender por qué hemos reprimido emociones dentro de esa compacta ensambladura. En esta cruzada se requiere comenzar a correr velos para que emerjan escenas que nos han dañado. Sin embargo este recorrido tienen una particularidad: se efectúa en un contexto que está distante a la situación original y permanece resguardada por la calma del análisis terapéutico. Así es que aunque, por unos instantes, aflore el miedo en forma de escalofríos o llanto, podemos enfrentarlo con más fortaleza y responder con mayor seguridad que aquella oportunidad donde andábamos más desamparados o desamparadas. De esta manera, y con cierta paciencia, una a una las durezas que forma nuestra coraza se va ablandando. En ese ínterin advertimos un dolor diferente, sanador. Con ejercicios cuidados, el músculo se mueve y da paso a la emoción escondida. Después de esa primera vez que logramos develar la tristeza, el enojo, se inicia una conexión superior con la sensibilidad de esa zona y se nos despierta como una especie de insistencia que, lejos de desvanecerse tras la identificación de esas emociones, se agudiza para seguir explorando más y más. Simultáneamente surge la necesidad de comunicar la experiencia a otros u otras para darle un sentido analítico y comunicarlo con palabras. Aunque nos remita a escenas temidas el giro que produce su actualización en un ámbito cuidado y con los pies sobre la tierra, revierte el hecho reparando ciertas heridas. Luego, después de un profundo trabajo interno, la vida del cuerpo se traduce en ojos que miran con un alivio infinito y un rostro cuyo resplandor recupera mucho brillo. Es un camino a veces sinuoso que no podemos explicar solo con palabras, un recorrido que nos conduce a un oscuro e iluminado proceso de autoconocimiento corporal porque comprendemos que el movimiento es el gran fundador de la transformación.  Lo que viene a continuación es la sensación interna de fluidez, la conexión con un cuerpo desahogado. Y lo mejor, las ganas de seguir avanzando para seguir corriendo velos.    

Por Alejandra Brener 
Terapeuta corporal bioenergetista
@espacioatierra
alejandrabrener@gmail.com  

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