Recuperar la capacidad de ver el Aura, un paso trascendental para toda la humanidad

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Cuando éramos niños –antes de cumplir los cinco años– podíamos percibir e inclusive interactuar con una realidad que hoy no podemos ver. Las creencias falsas y las limitaciones mentales que nos implantaron para gestar el Ego –el que nos permite aprender por el “Método de prueba y error”– bloquearon esa capacidad en el 97% de los seres humanos. Hoy, sólo un 3% puede ver el Aura de las personas; la huella espiritual que revela nuestro estado interior, cómo somos y qué estamos sintiendo realmente, sin necesidad de expresarlo verbalmente. Esta capacidad, que hasta ahora estaba reservada a los más evolucionados y sensibles, tiene –a raíz de las condiciones energéticas actuales– gran probabilidad de convertirse en una facultad común en todos nosotros. Esta percepción de la realidad no visible, puede producir muy rápidamente una transformación fundamental en nuestra sociedad, sin necesidad de Eventos de Destino planetario, que generen destrucción muerte a gran escala. Hoy día, esta facultad ya se está manifestando en los llamados “Niños Cristal” y en muchas mujeres, como también –en forma aleatoria e índices aún muy bajos– en el grueso de la población. De incrementarse esta tendencia, todos los seres humanos daremos un salto evolutivo desde el nivel en el que estamos a uno más elevado, sin que esto quiera decir que –en un instante– nos vayamos a igualar todos evolutivamente, como por arte de magia.

Uno de los campos que contiene nuestra alma es el etérico. Allí se encuentra nuestro cuerpo de energía, que es el que acumula y contiene nuestra fuerza vital; la potencia vibratoria que nos permite Ser. Aquella que nos da la vitalidad para activar las sensaciones y poner en movimiento nuestro cuerpo físico, las emociones en nuestro cuerpo astral y los sentimientos y pensamientos en nuestro cuerpo mental. Es un fluido energético de partículas sutiles en movimiento constante, que vibran y oscilan en el mismo espacio en donde existe la materia de nuestro cuerpo físico –de hecho es su doble energético– pero, por vibrar más rápido (una octava más arriba), se encuentra en la cuarta dimensión y, por lo tanto, no visible para la mayoría de los seres humanos. Esta energía vital en movimiento genera alrededor de nuestro cuerpo etérico –y por ende, alrededor de nuestro cuerpo físico material– nuestro campo electromagnético. Es como un halo pulsante en todos los colores del espectro luminoso de forma oval, que se extiende unos 70 a 90 cm en todas las direcciones. Este fluido luminoso es conocido como el Aura. Se trata de un sutil halo de energía que ondula, de manera similar al aire sobre la tierra caliente en un día de verano, sobre el desierto hirviente o sobre las brasas de carbón encendido. En esa misma dimensión etérica, en el interior de nuestro cuerpo de energía y localizado sobre su columna central –en la misma posición de nuestra columna vertebral– está distribuido nuestro sistema de siete chakras, que también son visibles en el Aura. Vórtices o remolinos de energía que giran a siete distintas velocidades, por lo cual pueden transformar la frecuencia vibratoria y la longitud de onda de la energía que por ellos pasa, hacia las glándulas de nuestro sistema endocrino. Cada vórtice le suministra energía a la glándula que está conectado, en la frecuencia que necesita. Es así como éstas pueden generar las sustancias químicas, enzimas y neurotransmisores que activan o detienen los procesos que mantienen funcionando y en movimiento a nuestro cuerpo físico.

El Aura revela exteriormente nuestro carácter y el estado de ser que experimentamos

El Aura es invisible, puesto que su frecuencia vibratoria oscila una octava, más arriba y más abajo, del rango de percepción de luz visible para la media de los seres humanos, que va del color rojo al violeta. Es decir, su rango se extiende del infrarrojo al ultravioleta. Sin embargo, muchas personas la perciben con sus sentidos ordinarios y afirman que entre más intensa es la energía vital de una persona, les es más fácil percibir su Aura. La existencia del Aura está demostrada científicamente, puesto que esta sutil emanación se puede ver a través de filtros que sensibilizan el ojo a esas frecuencias, permitiéndonos percibir su energía electromagnética. El Aura también ha sido fotografiada con las llamadas cámaras Kirlian, actualmente utilizadas como instrumento para diagnosticar el estado de salud de una persona. Muchos llaman al Aura, “atmósfera síquica” porque revela nuestro estado interior, nuestro verdadero Ser, el estado de nuestra energía vital y de nuestra consciencia. Lo importante de todo esto, es que las combinaciones de colores del Aura reflejan exteriormente dos aspectos fundamentales del estado interior de todo ser humano: Lo primero que revela es el tipo de personalidad, el carácter que tiene la persona, las tendencias que manifiesta y el nivel de su consciencia. Se la ve como un halo denso y con un color muy intenso alrededor del cuerpo, que gradualmente se va haciendo cada vez más tenue, fino y transparente, hasta desaparecer en los bordes de la forma ovoide que mantiene. Estudios realizados confirman que hay una correspondencia entre esos colores y las condiciones fundamentales en las que operan nuestra identidad y nuestra mente, por lo cual quien puede verla, logra “leer” nuestro carácter. Lo segundo que el Aura revela, es el estado de Ser presente, el estado emocional y mental que se está experimentando, el cual cambia constantemente ante los eventos y situaciones que se presentan. Se le ve como una combinación de colores, manchas y pulsaciones que –por su localización sobre el cuerpo y por el color que tienen– revelan qué estamos experimentando, lo que sentimos y nuestras verdaderas intenciones. Al conocer la relación de los colores en el Aura, con las emociones, sentimientos y pensamientos, es muy fácil “leer” lo que la persona está experimentando. Por lo tanto, el Aura es la manifestación exterior, dinámica y real, de nuestra personalidad y de nuestro estado síquico.

Aunque la tendencia de manifestación de esta facultad sólo se incrementara, del 3% que hoy tiene, al 15 o al 20% de los seres humanos, tendría la capacidad de generar un cambio extraordinario, por la incertidumbre que provocaría en todos los que –teniendo algo que ocultar– sentirían su privacidad amenazada. Al no saber quién pudiera poseer esta facultad, sospecharíamos que cualquiera a nuestro alrededor, podría conocer lo que realmente sentimos y quiénes realmente somos. Esto nos forzaría a manifestar claramente nuestras intenciones, a ser honestos en nuestras actitudes y conductas. Desaparecerían el engaño, la falsedad y la mentira; las relaciones entre los hombres serían totalmente transparentes.

Fernando Malkún
www.fernandomalkun.com

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