La ceremonia del Peyote

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Una ceremonia es un “acto o una serie de actos públicos o formales de acuerdo con reglas o ritos fijados por la ley o la costumbre” reza el diccionario.

Hay ceremonia cuando nos casamos, cuando cumplimos un año más de vida, hay ceremonia para despedir a un ser querido. Lindas, feas, felices o no, festejamos la vida desde su inicio hasta su cierre.

Pero no es lo mismo una ceremonia de casamiento en nuestro país, que en la India por ejemplo, o en cualquier otro lugar. Más o menos cerca. Hay ceremonias propias de nuestra cultura que en otras no existen. Y al revés.

Tal es el caso de la ceremonia del peyote. Un libro muy conocido que cuenta la historia vivida de un hombre que atravesó un ritual de consumo de peyote es “Las enseñanzas de Don Juan”, donde Carlos Castaneda relata su experiencia al probar Peyote (o Mescalito, como prefiere llamarlo su chamán) y otros hongos.

El peyote es un cactus originario del desierto del norte de México y sur de Estados Unidos que tiene propiedades medicinales y enteógenas que fueron durante muchos años debatidas y estudiadas por varias comunidades. Pero para les huicholes, el peyote es una planta ritual que representa los lazos espirituales con la tierra y el universo.

Si bien es considerada una droga, no es igual a una fabricada en un laboratorio con el objetivo de producir efectos alucinógenos en el organismo, ni se demostró que provoque adicción o daños en el cuerpo.

Por el contrario, la comunidad Huichol, lo equipara a un Dios y lo llaman Hikuri, el venado azul, de cuya carne extraen medicina para el cuerpo y el espíritu.

Aunque tiene varios usos medicinales y se le conocen propiedades curativas, su uso más extendido es en ceremonias religiosas del pueblo Huichol. Este ritual, para recoger y consumir peyote, está dirigido por un mara’akame, un chamán que guía la peregrinación, prepara las plantas, narra historias sobre el origen de la humanidad y preside sobre los ritos de iniciaciones de otros chamanes y matrimonios. Se dice que en usos religiosos, es necesario purificarse antes de consumirlo, lo cual se logra ayunando, confesándose sobre hábitos sexuales y con baños rituales. Cada persona consume lo que el cuerpo le dicta. Las dosis van desde uno a tres botones como dosis baja o a partir de 10 botones, una dosis grande. Y sus efectos psicoactivos empiezan a notarse unos 40 minutos después de haberlo consumido y dura alrededor de 10 horas. Los síntomas que se sienten pueden ser hipertermia, pupilas dilatadas, gran energía física. Éstos son producto de los más de 50 alcaloides que están presentes en la planta y vomitar tras unas horas de ingerirlo, es muy común y es considerado la “purga” en los rituales. También se presentan algunos síntomas más difíciles de describir, tales como despersonalización, pérdida de percepción temporal o desaparición del ego, alucinaciones de todo tipo.

Existen las llamadas “revolcadas” o “regaños” que son aquellos malviajes que pueden producirse al ingerir peyote pero que no ponen en riesgo la vida. La comunidad huichol, considera estos malviajes que sirven para que la persona a la que le ocurre conozca aspectos oscuros de sí misma. Las experiencias que se conocen, las narran como un momento de gran conexión con uno mismo, con la naturaleza y con la vida en general.

El peyote es conocido como un maestro, ya que lleva a la conciencia a lugares de su pasado remoto a los que no habrías podido acceder de otra forma. Esto, puede provocar la sanación de heridas psíquicas olvidadas o una reconfiguración de traumas de la infancia. Claro que para sanar esos dolores en pacientes con estrés postraumático, deberían hacerlo en contextos clínicos.

Sea como sea, esta planta tiene poderes increíbles y merece nuestro respeto y nuestra admiración.

Pero para cerrar esta nota, me parece casi inevitable trascribir el último párrafo de la experiencia de Castaneda al probar el peyote… A ver si logro dejarte con las ganas de leer este imperdible libro…

“Tuve la clara sensación de no poder abrir los ojos; me encontraba mirando a través de un tanque de agua. Fue un estado largo y muy doloroso, lleno de la angustia de no poder despertar y de a la vez, estar despierto. Luego; lentamente, el mundo se aclaró y entró en foco. Mi campo de visión se hizo de nuevo muy redondo y amplio, y con ello sobrevino un acto consciente ordinario, que fue volver la vista en busca de aquel ser maravilloso. En este punto empezó la transición más difícil. La salida de mi estado normal había sucedido casi sin que yo me diera cuenta: estaba consciente, mis pensamientos y sentimientos eran un corolario de esa conciencia, y el paso fue suave y claro. Pero este segundo cambio, el despertar a la conciencia seria, sobria, fue genuinamente violento. ¡Había olvidado que era un hombre! La tristeza de tal situación irreconciliable fue tan intensa que lloré”.

Gisela Medrano
CONVIVIR

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