De las artes marciales a la tango terapia

Los caminos de sanación.

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Comencé a practicar las artes marciales a los 23 años, me llevó a este camino un acto de violencia sufrido en la calle, fui asaltado por tres adolescentes armados cuando regresaba de la facultad a mi hogar en San Antonio de Padua. Eran las 11 de la noche y no había nadie en las calles para pedir auxilio, me sentí tan desprotegido, pero mi calvario vino después; tenía la sensación de que alguien me seguía, por lo tanto decidí llevar un arma en mi mochila (una Ballester Molina 45 que nos proveía el Regimiento a algunos conscriptos). En aquella ocasión se me ocurrió decirles a los delincuentes que había estado preso y que hacía muy poco me habían soltado, aprovechando que tenía el pelo rapado por estar en el servicio militar. Esta “mentira” me salvó la vida y me dejaron ir. Perseguido por el fantasma de esa noche fatídica comencé a tener ataques de pánico y claustrofobia, el hecho de llevar un arma en la mochila no cambió las cosas, por el contrario, las agravó. Eran los 70’epoca de represión y violencia estudiantil. En la tele pasaban una serie llamada “Kung Fu” que me dio la idea de empezar artes marciales.

A medida que avanzaba en esta nueva disciplina comencé a sentirme seguro sin tener que llevar un arma. Los primeros 6 años practiqué Karate do de Okinawa hasta graduarme como cinta negra y luego de unos años Chaiu do Kwan, concurría con mi esposa y mis pequeños hijos. Con los años fui alumno de Kung Fu y de Tai Chi Chuan, para finalmente practicar Aikido.

Pero la vida me tenía reservada otra sorpresa y el golpe vino inesperadamente: una traición amorosa que me desequilibró.

Después de mi separación matrimonial viví un romance de 11 años con una mujer de mi edad, enamorarse a los 60, nunca creí que me iría a suceder y me pasó. Todo terminó cuando ella inexplicablemente me confesó que estaba enamorada de otra persona y se iría a vivir con ella. Muchas ideas oscuras pasaron por mi mente. Me sentía despechado. Sabía que ella estaba aprendiendo tango con su pareja y quería increparla… Mas nunca la ví… Así quedé yo con el corazón roto y en una clase de tango. Bueno, otra vez estaba afrontando un nuevo desafío de transformación. Transité el tango, trataba de imitar los pasos de baile valiéndome de lo que sabía de Tai Chi. Pero ese amor me estaba enfermando. Fui a psicólogos y finalmente a un psiquiatra que me dio alguna pastilla para olvidar, me decían que tenía que elaborar el duelo, pero se me estaba haciendo cada vez más duro vivir con esa pena. En un momento me di cuenta de que esta sensación ya la había vivido antes, en el asalto callejero de mi juventud, que casi me cuesta la vida, lo que motivó mi inicio en las artes marciales. Pero ahora era otra cosa porque afectaba mi lado emocional.

Un amigo recién llegado de Holanda, Gustavo, había ido de gira por Europa con bailarines de tango y folklore en una representación cultural. Abrió en ese país una academia. Dijo una frase que siempre me quedó y en ese momento recordé: “Tango es un solo cuerpo con cuatro piernas”. Cuerpo- energía, taichí y tango tienen mucho que ver…

Mi primer profesor de tango se llamaba Jorge y me había bautizado como el Sr. “Tai Chi” porque antes de cada clase era invitado a enseñar una técnica de ese arte marcial que se llama “adherirse” al movimiento del otro. Al cabo de unos meses ya estaba bailando.

Mi vida se fue transformando, antes me ponía a ver televisión y me acostaba a las 10 de la noche, pero ahora, cada vez que iba a las clases y luego a la milonga, terminaba acostándome muy tarde.

Me empezaba a gustar esa rutina porque habían aparecido nuevos amigos. Bailaba el “básico” y la peleaba muy bien en la pista de baile. Hasta que un día uno de los milongueros viejos de “La Tarzan” en Castelar me dio la clave, dijo: “El tango es un sentimiento que empieza con un abrazo” y esa fue la palabra mágica, empecé a prestar atención a las letras de los tangos y también a bailar con los ojos cerrados. Descubrí “El último café”, “Los mareados”, “Naranjo en flor”, “La última curda”, “Grisel”. Ese viejo milonguero también me dijo: “yo me enamoro cuando bailo y luego se termina todo cuando ella se va a sentar o a bailar con otro y está todo bien, es el regalo que me deja el tango”.

En la milonga se “cabecea” para sacar a bailar. Se baila una tanda de 4 tangos y cuando la música cambia casi todas las parejas se van a sentar. No se debe charlar mientras se baila porque si no uno se desconcentra y eso no sirve. Es muy raro que alguien haga una cita para luego verse, el “levante” como se dice en la jerga, y es más probable volverse a encontrar en la próxima milonga para enamorarse nuevamente… bailando.

Mi triste recuerdo de ese cariño que me dejó, es solo un tango más. Se borró de mi mente y también el odio que me llevaba a una enfermedad; la perdoné. He vuelto a ser feliz gracias al tango, bendito seas.

Actualmente mi profesor de tango es alemán; Peter, aprendió en su país, porque allá las milongas se hacen en hoteles internacionales. Es un genio enseñando y él a esta técnica la llama “tango terapia” por los beneficios que aporta a la salud.

Nota del autor: El protagonista de esta historia actualmente es jubilado y enseña tango terapia en institutos para ancianos y personas con problemas, cursa la carrera de psicología en la UBA.

Es Creer o Reventar

Ing. Guillermo Marino Cramer
Autor del libro:
“Crónica de un viaje a lo desconocido”
Email: skyjetar@gmail.com
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