Los
apasionados del automovilismo saben de la
trascendencia internacional de las competencias
de Fórmula 1, con 18 carreras para
este año que se verán por televisión
en todo el planeta. Importantes ingenieros
en aerodinámica y mecánica trabajan
por enormes sueldos en estos torneos que mueven
millones de dólares. No es un deporte
sino un gran negocio, aunque los vehículos
son similares a este juguete que ilustra esta
reflexión.
La foto es de un autito que corre una vez
por mes en la pista marcada con tiza sobre
el piso de Parque Rivadavia en el barrio
de Caballito. Quienes los empujan o conducen
no son chicos sino hombres que rondan entre
los 40 y los 60 años que recuperan
su alma de niños. Incluso los premios
son copas como si se tratara de un campeonato
de autos de verdad.
Sus dueños, que van con rodilleras,
gorritos y remeras alusivas, tienen bien
preparadas sus máquinas, cuidando
los alerones, el equilibrio, el estado de
las rueditas y sobre todo ¡la cucharita!
Un adminículo que esos pibes (hoy
adultos) colocaban en su infancia a los
autitos para darles más velocidad
por ser menor la superficie de roce. Un
alarde.
Es un placer verlos tan entusiasmados, vibrando
como cuando eran chicos, nombrando veedores,
alguien del público que sale de testigo
del sorteo del orden de partida, con discusiones
respecto a si uno salió o no de la
pista marcada con tiza.
Algunos hijos también se suman a
la pasión y reciben los consejos
sabios de sus padres, experimentados en
estas lides, que conocen los problemas de
superficie, el efecto de las rugosidades
del terreno o cuál es la potencia
necesaria para ubicarse en la curva.
Es maravilloso, recuperaron el juego, el
placer de meterse en la competencia y hasta
pronunciar alguna palabrota cuando un "tiro"
no sale bien y despistan.
Queman el peor de los combustibles: la rutina
que estructura, que endurece, que anquilosa.
Los adultos son sólo adultos porque
han perdido la capacidad de jugar, porque
si no, se puede ser niño/adulto.
Esto es: seguir con ganas de jugar, de tirarse
al piso, de disfrutar a la par con los hijos,
pero también jugar en lo cotidiano
en todos los ámbitos, jugar a hacer
las cosas bien, jugar en la pareja, cocinar
como si fuera un juego, ponerle humor y
creatividad aún a lo más tedioso.
La capacidad de jugar es innata al ser humano,
pero es abollada por cierta educación,
ciertas matrices de conducta, por la pavada
de ser "serio".
Hay que desbloquear lo esquemático,
dar rienda suelta al estímulo primitivo,
gozar, despertar la imaginación,
compartir, construir situaciones lúdicas.
Jugar y jugarse, vale la pena y es muy sano.
Hugo
Kelway