Con referencias especiales al manejo de la energía del sol.
Por Nikola Tesla - Reimpreso de la revista Century, Junio de 1900.
EL MOVIMIENTO HACIA ADELANTE DEL HOMBRE - LA ENERGIA DEL MOVIMIENTO - LAS TRES FORMAS DE INCREMENTAR LA ENERGIA HUMANA.
De todas las variedades sin fin de fenómenos que presenta la naturaleza a nuestros sentidos, no hay ninguno que llene nuestras mentes con tan grande maravilla como los inconcebibles complejos movimientos los cuales, enteramente, designamos como vida humana.
Su misterioso origen está velado por la siempre impenetrable niebla del pasado, su carácter considerado incomprensible por su infinito intrincamiento, y su destino está oculto en las inconmensurables profundidades del futuro. ¿De donde proviene? ¿Qué es? ¿Hacia qué lugar se dirige? Son las grandes preguntas que los sabios de todos los tiempos se han dedicado a responder.
La ciencia moderna dice: el sol es el pasado, la tierra el presente, la luna el futuro. De una masa incandescente nos hemos originado, y a la masa congelada regresaremos. Despiadada es la ley de la naturaleza, y rápida e irresistiblemente nos conducimos a nuestra ruina. Lord Kelvin, en sus profundas meditaciones, nos permite solo un corto tiempo de vida, algo como seis millones de años, después de los cuales la luz del sol cesará de brillar, y su calor dador de vida habrá declinado, y nuestra tierra será un montón de hielo, apresurándose hacia la noche eterna. Pero no hay que rendirse. Aún así permanecerá en ella una pequeña chispa de vida, y habrá oportunidad de encender un nuevo fuego en alguna estrella distante. Esta maravillosa posibilidad parece, en realidad, que existe, a juzgar por los hermosos experimentos del Profesor Dewar con aire líquido, los cuales muestran que los gérmenes de la vida orgánica no se destruyen por el frío, sin importar lo intenso que sea; consecuentemente pueden ser transmitidos a través del espacio interestelar. Mientras tanto las gozosas luces de la ciencia y el arte, siempre incrementando en intensidad, iluminan nuestro camino, y las maravillas que descubren, y las alegrías que ofrecen, nos hacen mesurablemente olvidadizos del futuro ruinoso.
Aún cuando nunca lleguemos a ser capaces de comprender la vida humana, sabemos ciertamente que es un movimiento, de cualquier naturaleza que sea. La existencia del movimiento inevitablemente implica un cuerpo que está siendo movido y una fuerza que lo está moviendo.
De aquí que, donde sea que haya vida, hay una masa movida por una fuerza. Toda masa posee inercia, toda fuerza tiende a persistir. Debiéndose a esta propiedad y condición universal, un cuerpo, sea que esté en reposo o en movimiento, tiende a permanecer en el mismo estado, y una fuerza, manifestándose a sí misma en cualquier parte y a través de cualquier curso, produce una fuerza equivalente opuesta, y como una absoluta necesidad de esto se deriva que cada movimiento en la naturaleza debe ser rítmico. Hace mucho esta simple verdad fue claramente señalada por Herbert Spencer, quien arriba a ella a través de un proceso algo distinto de razonamiento. Está implícita en todo lo que percibimos, en el movimiento del planeta, en el surgimiento y retracción de la marea, en las reverberaciones del aire, el balanceo de un péndulo, las oscilaciones de una corriente eléctrica, y en los infinitamente variados fenómenos de la vida orgánica. ¿No lo confirma así acaso la vida humana? Nacimiento, crecimiento, edad avanzada, y muerte de un individuo, familia, raza, o nación, ¿que es todo sino ritmo?
Toda manifestación de vida, entonces, aún en su más intrincada forma, como se ejemplifica en un hombre, envuelto e inescrutable, es únicamente movimiento, al cual las mismas leyes generales del movimiento que gobiernan al universo físico deben ser aplicadas.
Cuando hablamos de hombre, tenemos la concepción de la humanidad como un todo, y antes de aplicarle métodos científicos a la investigación de su movimiento, debemos aceptar esto como un hecho físico. Pero ¿podría alguien dudar hoy en día que todos los millones de individuos y todos los innumerables tipos y caracteres constituyen una entidad, una unidad? Aún cuando libres de pensar y actuar, estamos sujetos juntos, como las estrellas en el firmamento, con lazos inseparables. Estos lazos no se pueden ver, pero los podemos sentir. Me corto un dedo, y me duele; este dedo es parte de mí. Veo el dolor de un amigo, y me duele también; mi amigo y yo somos uno mismo. Y ahora veo un enemigo muerto, un pedazo de materia la cual, de todas las materias en el universo, me preocupa menos, y aún así todavía me afecta. ¿No prueba esto que cada uno de nosotros es únicamente parte de un todo?
Por edades esta idea ha sido proclamada en las sabias y consumadas enseñanzas de la religión, probablemente no solitaria como medio de asegurar la paz y la armonía entre los hombres, sino como una verdad profundamente fundamentada. El budista lo expresa de una forma, el cristiano de otra, pero ambos dicen lo mismo: todos somos uno. Las pruebas metafísicas son, sin embargo, no las únicas que somos capaces de mostrar en apoyo de esta idea. La ciencia, también, reconoce esta conexión de individuos separados, aunque no sea en el mismo sentido ya que admite que los soles, los planetas, las lunas de una constelación son un solo cuerpo, y no puede haber duda de que será experimentalmente confirmado en tiempos por venir, cuando nuestros medios y métodos para investigar fenómenos y otros estados físicos haya sido llevaba a gran perfección. Todavía más: este ser humano continúa viviendo siempre. El individuo es efímero, razas y naciones vienen y van, pero el hombre permanece. Ahí radica la profunda diferencia entre el individuo y el todo. Ahí, también, se debe encontrar la explicación parcial de muchos de esos maravillosos fenómenos de herencia los cuales son el resultado de incontables siglos de débil pero persistente influencia.
Revista Attos
http://www.attos.org/id0018.html
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