Mi abuelita
Mercedes -a quien adoraba-, decía palabras
como “tino”, “temeridad”
y “temperancia”, las tres con
“t” y las tres me las aplicaba
sistemáticamente marcando línea:
“Sólo te pido un poco de tino
cuando le digas”; “no seas tan
temerario” y “con temperancia,
Huguito”.
Estas expresiones no eran el resultado de
recomendaciones sobre disputas callejeras
adolescentes. Nada que ver. Le surgían
cuando hablábamos de amor, yo le contaba
mis vivencias y ella recordaba risueña
sus picardías. Como la vez que se sintió
casi pecadora cuando a los 15 años
se enamoró de un curita de su parroquia
pueblerina.
Cuando yo cumplí 15 años -al
día siguiente-, fui y le conté
algo que me había conmocionado, que
me sucedió con una chica de enfrente
de su casa. A esa edad, mi obsesión
eran los labios de las chicas, quería
besar esos labios, hacer realidad la fantasía
que me provocaba la boca de Marilyn Monroe
de la foto pegada en mi placard.
Cada vez que conocía una chica, me
gustaba su cuerpo, me enamoraban sus ojos,
me agradaba su inteligencia… ¡y
me desvivía por frotar sus labios!
Ese día, Mónica (así
se llamaba) me estampó un beso único,
no se parecía a los anteriores. Me
produjo una sensación palpitante,
estremecedora, subyugante… Fue un
triunfo que en parte contrarió los
dichos de mi abuelita.
Tuve “tino” cuando sin conocerla
personalmente (sólo de vista de tantas
veces), crucé a su vereda y le dije:
“Hola, crucé la calle sólo
para comprobar que de cerca sos más
linda que desde enfrente” y me fui
“atinadamente”. Primero
ni me di vuelta para ver su reacción.
Tampoco fui “temerario”, porque
el verdadero temerario carece del sentido
de la oportunidad. Yo lo tuve, porque al
tirarle esa frase ella estaba con una amiga.
Y, finalmente, no fui “temperante”,
porque entendí que en el amor la
economía de sentimientos y placeres
es una verdadera estupidez.
Me senté en la vereda de mi abuela.
Le clavé la mirada. Ella me hizo
una seña, crucé la calle y
nos besamos. Los ángeles del barrio
interpretaron el “Aleluya” de
Häendel o The Beatles cantó
“Oh, darling”.
Desde entonces, disfruto ver los besos entre
adolescentes -como los de la foto- que me
evocan a esa efímera novia apasionada;
la abuelita Mercedes sigue presente en mi
corazón; mi afortunada obsesión
por los labios de las mujeres persiste;
adoro esos besos prolongados que alteran
las pulsaciones y me embarga de emoción
ver a la gente que se besa con ganas. Hágalo,
no dude, disfrute. Ah, por supuesto, una
hermosa foto de Marilyn Monroe aún
honra mi cuarto.
Hugo
Kelway
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