La piel regula la temperatura corporal adaptando el ritmo de eliminación de líquidos: es posible sudar hasta dos litros en una hora de entrenamiento y casi nada si se permanece inactivo o hace frío. La piel aísla al cuerpo del frío mediante una respuesta primaria que hace que los pelos se pongan de punta: es la famosa carne de gallina.
Libera al organismo de toxinas y desechos metabólicos acumulados y puede ser una de las primeras y más inmediatas ayudas para diagnosticar enfermedades como diabetes, anemia o trastornos hepáticos, renales y del conducto biliar.
Por último, cumple una función protectora, resguardando al organismo de sustancias y partículas nocivas de la radiación ultravioleta y de otros tipos esta es la razón por la cual muy pocas sustancias -algunos venenos, como el arsénico y el plomo, y ciertos unguentos medicinales- son realmente absorbidas a través de la piel. Es una poderosa barrera que se alza contra las sustancias potencialmente dañinas con las que entra en contacto.
La piel se compone de varias capas que se estructuran en la epidermis, externa e impermeable, y en la dermis, interna y sensible. La epidermis contiene los poros sudoríparos y sebáceos y las células pigmentarias o melanocitos (las pieles negras y las blancas contienen la misma cantidad). La dermis está sustentada por una capa de grasa y contiene folículos pilosos, glándula sudoríparas y sebáceas, células nerviosas, vasos sanguíneos y la resistente red de fibras de proteínas -colágeno y elastina-, que determina la flexibilidad y la elasticidad de la piel y la dota de su capacidad para contraerse.
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