Apareció
de golpe una tarde de sábado para mediados
del 2003. Yo lo veía desde mi ventana.
Estaba recostado en la esquina de Arce y República
de Eslovenia, pleno barrio Las Cañitas de
la Ciudad de Buenos Aires.
Era un perro siberiano adulto, joven pero no cachorro,
imponente, con un gran collar negro. Por momentos
se paraba e iba de un lado a otro, como buscando
a sus dueños, luego volvía resignado
y se arrumbaba cerca de las bolsas de residuos que
la gente suele dejar en ese lugar.
Manso, triste, pronto alguien le quitó el
collar y así su melancolía fue perfecta.
Sus grandes ojos celestes miraban con una recién
estrenada desolación a los ocasionales transeúntes
que se acercaban a acariciarlo. Le compré
carne fresca en el supermercado y no la comió
(se ve que estaba acostumbrado a ingerir sólo
carne asada) y no se animaba a cruzar la calle.
Su pelo era gris plateado mezclado con un blanco
puro como la nieve.
Dos días después un joven comerciante
de la zona lo adoptó y lo bautizó
Silver, y ahora tiene un nuevo lugar en el mundo.
Dejó las (tal vez) alfombras lujosas y los
pisos de parquet de quienes lo perdieron o abandonaron,
por las veredas de los vecinos, y ronda siempre
por la zona mientras el local está abierto.
Aprendió a cruzar, a enfrentarse a otros
animales ocasionales, a volver a su nueva casa.
Su pelo ya no parece recién lavado por un
coiffeur y el collar es un pedazo de cinturón
viejo. Silver o como se llamara antes, sufrió
ese famoso quiebre que a veces nos da la vida, cuando
el Gran Autor de nuestros Destinos nos cambia el
argumento sin pedir permiso.
Porque también a nosotros, los humanos, aunque
hagamos las cosas bien nos abandonan (una pareja,
un trabajo, la salud) y siempre buscamos razones,
culpables, reclamamos castigos. Y eso puede estar
bien mientras a la vez nos permita darnos cuenta
que en la vida lo único permanente es el
cambio y lo único seguro es lo imprevisto.
Pero a la vez entender que ese nuevo acto de la
obra de nuestros días no significa caer de
golpe en vacío sino iniciar otros caminos,
donde a veces el Amor, como en el caso de Silver,
nos puede estar esperando, aunque dentro de otras
vestiduras.
Extraño sentido del humor el de Dios, cuando
decide que el sonido de una sirena no siga de largo
y cese frente a nuestra casa.
“No hay garantías, esto es todo”,
parece decirme Silver cuando ahora vaga feliz en
este seguro hoy, que es el mañana que ayer,
apenas ayer, lo angustiaba tanto.
Tal vez por eso triunfó "Gran Hermano",
porque mostraba cómo un grupo de desconocidos
intentaba construir un hogar. Algunos no pudieron,
y el que logró quedarse, ganó.
Luis
Buero
www.luisbuero.com.ar