Estudios
recientes han demostrado que el betacaroteno (provitamina
A) es un potente antioxidante que nos ayuda también
a protegernos contra los daños de la polución
del aire y hasta reduce el riesgo del cáncer
de pulmón.
Podemos identificar fácilmente a un alimento
rico en betacaroteno por su color, que habitualmente
es naranja o rojo: calabaza, batata, zanahoria,
remolacha, tomate, papaya, mango, nísperos,
damascos, duraznos.
Pero son las flores de calabaza y las caléndulas
(éstas maceradas en vinagre de manzana) frescas
y crudas en las ensaladas, la mayor y mejor fuente
de betacaroteno a la que podemos acudir.
El betacaroteno cumple otras importantísimas
funciones como inhibir radicales libres, mejorar
nuestra visión y proteger a nuestra piel
de la radiación de los rayos ultravioletas
cuando tomamos sol.
Los
fisiólogos Dres. Lester Packer y James R.
Smith, del Lawrence Berkeley Laboratory, descubrieron
que las células pueden llegar a dividirse
más de 120 veces en lugar de 50, y además
seguir siendo células nuevas y sanas, de
lo que se deduce que la acción antioxidante
y oxigenante de la vitamina E ha retrasado indiscutiblemente
el proceso de envejecimiento.
Una
de las acciones principales de la vitamina E consiste
en reducir las necesidades de oxígeno en
los tejidos. Todas las células, sin excepción,
funcionan correctamente únicamente cuando
su abastecimiento de oxígeno es correcto.
Si por una u otra causa se priva a una célula
de oxígeno se muere inevitablemente. Pero
sin llegar a este extremo las células pueden
sufrir un déficit de oxígeno que no
sea mortal, pero sí capaz de alterar su delicado
equilibrio, tal como sucede en ciertas anemias,
hemorragias, esclerosis, intoxicaciones, falta de
ejercicio, ausencia de aire puro, etc. Esto hace
sufrir a las células de tal modo que si no
terminamos enfermándonos, sí que acabaremos
envejeciendo precozmente. Es lo que le sucede a
la llama de una vela cuando la tapamos con un vaso:
se extingue porque se queda sin oxígeno.
Los tejidos, y especialmente las células
del cerebro, se apagan de igual modo cuando los
privamos de oxígeno, o al menos no “arden”
lo suficientemente bien como para que nos encontremos
llenos de energía juvenil y despiertos a
la vida y a la alegría.
El
mayor tesoro que podemos poseer en la ancianidad
es un cerebro en perfecto estado. No se tiene por
qué ser un disminuido en ningún sentido
mientras que el cerebro cumpla con sus funciones.
La
función del cerebro depende de unos productos
químicos llamados neurotransmisores que son
fabricados a partir de ciertos nutrientes. Estos
productos químicos facilitan a las células
cerebrales su comunicación.
Con el proceso de envejecimiento los neurotransmisores
son producidos en menor cantidad.
La acetilcolina es un neurotransmisor básico
que interviene en las emociones del sexo y juega
un importante papel en la memoria y en los procesos
de aprendizaje. Bajos niveles de acetilcolina pueden
causar olvidos, imposibilidad de concentrarse, insomnio,
mala coordinación muscular y sequedad de
las membranas de las mucosas. El cerebro elabora
este neurotransmisor a partir de la colina, un miembro
del complejo B que encontramos en la yema de huevo,
pescado, hígado, lecitina, copos de levadura,
nueces, maíz y bananas.
Marc Ams
De La cultura de los germinados