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El
hombre consciente de sus propias debilidades escoge
la agresividad para proteger el orgullo y egocentrismo.
La
tendencia a la explosión agresiva es un encuentro
en el hombre de tendencias genéticamente programadas
y de factores hormonales, psicológicos, asociados
a las provocaciones del medio ambiente. Todas las
energías de nuestro cuerpo tienden al principio
del placer, cuya satisfacción permite la vuelta
al equilibrio; todo obstáculo, toda frustración
arrastra conflictos, o deriva hacia dolorosos compromisos.
Cierta
energía agresiva, a través del gusto
por la lucha y la competencia, es necesaria para el
progreso humano. La agresividad se pone de manifiesto
como una corriente de excitación polarizada
de arriba abajo, y la intensidad directriz hace de
nuestro cerebro el generador de desórdenes;
los fallos de nuestro gobierno central tendrán
repercusiones que llegarán hasta las fronteras
más lejanas de nuestro territorio. La energía
circulará y se detendrá según
los obstáculos que encuentre en su recorrido
(bola en la garganta, estómago agarrotado,
vejiga e intestino bloqueados o relajados). La fijación
se hará en último término a nivel
de la envoltura externa, contracturando los grandes
músculos de la espalda, de la nuca o de los
hombros.
Fuerza
lanzada hacia una meta, la agresividad circula, se
oprime, queda encajonada en la periferia, provocando
determinados síntomas: analizarlos, interpretarlos,
es ir en ayuda del cerebro.
Las descargas continuas de agresividad pondrán
a prueba las facultades de adaptación del individuo
y los límites de seguridad que deberá
oponerle. Todos los rasgos de naturalezas agresivas
son a lo mejor rasgos de carácter, movimientos
dinámicos de la persona que no constituyen
todavía la menor definición de la enfermedad.
El estudio de la organización y de la desorganización
de la persona representan el camino inicial de la
enfermedad, de la patología de mañana.
El
síntoma funcional es el resplandor de un malestar
personalizado, es el debilitamiento del terreno individual
a causa de defensas mal constituidas.
Las quejas funcionales, dolores, contracturas del
abdomen expresan ya el sufrimiento psíquico.
Estos
trastornos neurovegetativos no interesan a la medicina,
ya que la lesión no está configurada.
“Si la naturaleza te da una señal, debes
saber a qué se refiere, ayudarla a salir y
no ocuparte de otra”, decía Hipócrates.
Si el deber del médico es borrar la enfermedad,
el arte del médico homeópata es comprender
al individuo a través de sus modos de defensa,
para el mantenimiento de su equilibrio amenazado.
Saber interpretar los síntomas es reducir la
intensidad y apagar los conflictos.
Dr. Roland Sananés
De: Lenguaje del Cuerpo y Homeopatía
mental
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