Hay
una soledad que nos es vital para crecer y hay soledades
que gritan el dolor desesperado de no poder compartir,
de no poder ser con los otros.
En esta sociedad tan epidérmica en su modo
de sentir y de vivir los afectos, nos vamos vivenciando
cada vez más extraños y solitarios,
más desvalidos e inseguros, con una fuerte
añoranza de un contacto viviente y verdadero
entre todos.
“El
hombre es su anhelo de comunicación. No obstante,
parece que hiciera lo posible por no comunicarse.”
(P.Brook)
Vivimos en una tensión sutil y constante: por
un lado, con “hambre y sed” de comunión
y por el otro, con tantas heridas en nuestra confianza
que nos aíslan y nos impiden estar abiertos
a la celebración del encuentro.
Si hay una característica particularmente humana
es la necesidad de establecer con el prójimo
una relación renovada y más íntima.
Todos necesitamos compartir nuestra interioridad -sin
disfraces y sin máscaras-; reconocernos con
nuestras propias vulnerabilidades y fragilidades que
nos hacen tan semejantes unos a otros. Porque sólo
el miedo puede levantar murallas de orgullo y de soberbia,
a nuestro alrededor, para que nadie hasta nuestras
flaquezas.
Y sin embargo, en cada uno late dormido o despierto
un vivo deseo de encuentro. Pero qué poco estamos
preparados para ello!
La educación tradicional no siempre ha sabido
honrar la sabiduría implícita en nuestra
naturaleza humana; aún hoy se sigue entronizando
el rendimiento y brillantez intelectual pero todavía
no advertimos lo suficiente, cómo nuestra sociedad
está llena de “analfabetos emocionales”.
Con frecuencai nos sentimos tan turbados por tener
un corazón como por tener un cuerpo.
De hecho, las mayores dificultades casi siempre son
afectivas, los grandes obstáculos nacen en
el seno de nuestros vínculos; en nuestra manera
de relacionarnos con los otros germina el modelo de
una sociedad.
A veces, el pensamiento más profundo es un
corazón latiendo con toda su fuerza que, imperceptiblemente,
es capaz de despertar a este gigantesco mundo aletargado.
Compartir es un largo aprendizaje. Quién de
nosotros no necesita aprender a compartir en esta
feroz cultura del competir? Una cultura que nivela
las diferencias en lugar de potenciarlas como dones
diversops.
Una asombrosa alegría nos invade cuando descubrimos
lo que nos une a los demás pero qué
alegría tan honda e inconmensurable cuando
nos atrevemos a compartir lo que nos hace distintos
unos a los otros; cuando la diversidad ya deja de
ser una amenaza y se convierte en un encuentro que
nos dilata el alma.
Una auténtica comunión amorosa siempre
es una celebración, un atisbo de paraíso
que, como dice el poeta, “Hasta Dios se sorprende
de haber urdido algo tan maravilloso”.
Lic. Angela Sannuti