Mi
prima Adela tiene una mansión hermosa y
yo vivo sólo en un "tres ambientes",
pero para charlar nos reunimos siempre en una confitería.
La excusa de ella es que sus hijas entran y salen
y la distraen, la mía es el desorden, pero
por alguna razón no tomamos el té
en el living. Si un pariente del interior quiere
visitarme por unos días le sugiero que se
aloje en un hotel, porque yo no le puedo brindar
baño privado, y si un amigo me cuenta
por teléfono que se está por divorciar
le digo: "nos vemos en el andén del
subte".
Cuando yo era chico, la casa era el refugio
de un concepto de familia que excedía los
lazos sanguíneos, e incorporaba otros afectos,
amistades, vecindades, correligionarios. Las puertas
de calle estaban abiertas al mundo, o cerradas con
una llavecita de escritorio. Mis abuelos recordaban
sainetes famosos en los que los inmigrantes se conocían
tomando mate en el patio del mismo conventillo,
mientras que mis viejos se emocionaban con Los
Campanelli, aquella comedia televisiva de los años
60 y 70, en la cual todos los personajes que ingresaran
a la historia, así fuera por una pequeña
escena, se quedaban a almorzar los tallarines que
hacía la "mamma", mientras que
en las radios sonaba Luis Aguilé cantando
"por eso y muchas cosas más, ven a mi
casa esta Navidad".
Pero llegó la post-modernidad, la población
aumentó, los barrios se llenaron de pequeños
monoambientes habitados por seres anónimos
y silenciosos que ni se saludan al chocarse cada
mañana en el palier, creció el delito,
la ciudad se plagó de rejas, exclusión
y cirujas, y paradójicamente el paradigma
del éxito individual se volvió inesquivable,
una fantasía de trascendencia que se logra
solamente afuera, nunca perdiendo el tiempo adentro.
El filósofo Marc Augé define el hogar
como un lugar simbólico en donde se pueden
comprender la identidad, los vínculos permanentes
y la historia de sus habitantes, y bautiza como
no-lugares a los sitios donde esta lectura no es
posible. Estos "no lugares" de encuentro
son espacios de circulación: autopistas,
bares en las gasolineras, aeropuertos, shoppings,
estadios, recitales, super e hypermercados, cadenas
hoteleras, el "club house" del country
y -por supuesto- los servidores de Internet a través
de los cuales se entablan relaciones virtuales mediante
el chateo.
El olor del bizcochuelo recién horneado acompañando
una confesión íntima de dos humanos
rodeados de malvones y cortinas floreadas, dejó
paso a las miradas ansiosas que extraños
solitarios proyectan sobre las puertas de los cafés
o en las pantallas de las computadoras, como esperando
a alguien que venga a responderles las tres preguntas
que nunca podemos evitar: "¿quién
soy? ¿a qué vengo? ¿adónde
voy?".
Tal vez por eso triunfó "Gran Hermano",
porque mostraba cómo un grupo de desconocidos
intentaba construir un hogar. Algunos no pudieron,
y el que logró quedarse, ganó.
Luis
Buero
www.luisbuero.com.ar