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Antes de empezar a trabajar este tema sería
necesario formular una pregunta, que si bien parece
ser muy pretenciosa, nos ayudaría a entender
más profundamente lo que quiero plantear. Esta
pregunta es: ¿qué es la realidad?, y
más precisamente ¿existe una realidad
separada, aparte de nosotros mismos? Es innegable
que con esta cuestión penetramos en la esencia
de la problemática filosófica, un tema
al que la filosofía ha destinado su preocupación
a través del tiempo. Pero lo que a mí
me interesa rescatar de todo este planteo en sí,
es decir la problemática en la que estamos
parados, aún sin quererlo ni darnos por aludidos,
que tanto ha preocupado a los filósofos de
todas las épocas. Esto que puede parecer impertinente
respecto al tema del jardín propuesto en el
título de la nota, es sin embargo una condición
básica fundamental para darle coherencia a
dicho tema.
Nuestra conciencia percibe
las cosas separadamente y nos dice: “aquí
termina esta cosa y comienza esta otra”. Entonces
como resultado final percibimos un mundo compuesto
de elementos diferentes, y esto que simplemente es
la manera de percibir de nuestra conciencia se lo
atribuimos como rasgo propio al mundo real.
Sin embargo la idea
de separación del resto de la realidad es un
simple recurso funcional que utiliza nuestra percepción
para su adaptación y buen desenvolvimiento
en el medio que nos toca vivir, pero de hecho es un
recurso abstracto y teórico que en la práctica
no es posible que suceda, ya que la separación
de la totalidad del resto de las cosas nos impediría
la vida.
Entraremos ahora al tema del jardín interno
y el jardín externo, haciendo primero una aproximación
a la noción de símbolo.
El origen de ésta
palabra es el griego symballon que significa “lanzar
juntamente”. En esta noción se puede
distinguir la existencia de dos o más elementos
que concurren en tal acción de lanzar. Y es
exactamente esta imagen, de dos o más aspectos
que forman parte de un solo hecho, lo que nos acerca
al uso que queremos hacer, de entre otros posibles,
de la palabra “símbolo”. Cuando
miramos el cielo, sentimos que es ilimitado e inalcanzable,
y esto que es un elemento esencial de él, nos
simboliza eso también esencial de la realidad
de Dios: su infinitud e inaccesibilidad. Y esta descripción
del símbolo es lo que nos permite unir e integrar
estas partes diferentes en que nuestra percepción
capta la realidad. Entonces desde esta mirada simbólica
que nos lleva a enfocar lo esencial que tiene cada
uno de esos aspectos de la realidad, podemos ir relacionándolos
y uniéndolos, transitando desde la multiplicidad
de las apariencias hasta la unidad de la realidad.
En cuanto a la relación simbólica que
hacemos y nos permite ver a nuestra realidad interior
como jardín interno, establecer esta relación
ya marca de por sí el inicio de una actitud
holística, porque unimos a la del jardín
concreto nuestra propia realidad interior.
Si además vemos
que és lo que define a un jardín es
el trabajo humano, el cuidado, la protección,
la transformación, la creatividad, la satisfacción,
etc., resulta que para poder concebir simbólicamente
nuestra realidad interior como un jardín, deberían
todas esas cosas estar presentes en dicha realidad,
de lo contrario, si esto no fuese así, sería
más apropiado definir esta situación
interna, obviamente también desde el lenguaje
simbólico como “campo silvestre o naturaleza”.
Todo esto que se dio es lo que nos dará fundamentos
para trabajar en el jardín, y que ese trabajo
sea al mismo tiempo nuestra interioridad representándose
en ese arte tan puro y fresco que es la jardinería,
que desde tiempos remotos nos acompaña a los
seres humanos.
Rubén
Miguel Beguiristain
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