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Laberintos, su significado


El laberinto es una de las figuras más ricas y enigmáticas de nuestra cultura. El origen del laberinto es totalmente mítico y muchos han sido los maravillados por esta forma. El primer laberinto de la historia es el que se encuentra en Creta, sólo existe impreso en una piedra de la isla, lo que sabemos de él es por la mitología griega.

Dédalo lo construyó para encerrar al Minotauro en él, Teseo entró al laberinto para matar al Minotauro ayudado por Ariadna, quien lo guió con un hilo para permitirle encontrar el camino de regreso.

En la literatura y la pintura se pueden encontrar frecuentemente obras alusivas a este. Picasso por ejemplo se inspiró en este mito para una de sus series de grabados, Borges escribió varios cuentos tomando como referencia el tema del laberinto de Creta y no olvidemos la obra de Octavio Paz. El laberinto es un mito para ser interpretado y su significado va mas allá de la simple forma, es un espacio imaginario, mental, es un concepto, una imagen, una forma espacial, y en su forma, un espacio arquitectónico.

Un laberinto invita a estar dentro, el laberinto no es tal si se está afuera; la acción se da dentro, el laberinto invita a la acción, a su recorrido, un recorrido que implica un transcurso de tiempo y espacio, y por lo tanto, implica también una narrativa. Si pensamos en un laberinto no pensamos solo en un muro, pensamos en una especie de serpiente, en un jardín o en un dibujo de espirales con una entrada y una salida, lo imaginamos visto a vuelo de pájaro, lo cual significa que siempre pensamos en un laberinto desde afuera y arriba y es natural si queremos resolver el secreto del mismo, puesto que la mejor posición para hacerlo es a través de la contemplación del todo.

Un trazo marcado en el laberinto parece indicarnos el camino a seguir e invitarnos u obligarnos a su recorrido y esto lo hace un espacio narrativo, una secuencia.

El laberinto de Creta, por otra parte, nos hace recorrer todo el espacio para llegar al centro, solamente hay una puerta de salida, la misma por la que se entra; el centro al cual debemos llegar, nos ubica y nos hace cambiar de sentido. Hay un solo camino, ¿dónde está la confusión que creíamos, pertenecía como característica intrínseca al laberinto? Estamos frente a un enigma nuevamente, el del laberinto. Este otro laberinto es más metafórico; no nos podemos perder en un camino que va hacia un solo lugar con una sola opción para decidir, adelante o atrás, adentro o afuera, a menos que no sepamos si caminamos hacia el centro o nos alejamos de él. Esta vez parece tener mayor sentido el laberinto. ¿En dónde está el bien y dónde el mal? No se trata entonces tan solo de encontrar la entrada o la salida sino de preguntarnos por qué nos dirigimos hacia dentro o hacia afuera, esta parece, entonces, una figura más reflexiva que en el caso del laberinto contemporáneo.

El placer de un laberinto -parafraseando a Roland Barthes- está en el recorrido que hacemos de él, el laberinto no es solamente el centro sino el todo, los muros lo conforman, delimitan su forma, pero el espacio que tiene sentido para nosotros es el espacio que podemos recorrer, es el espacio negativo, ¿no es este mismo el espacio que interesa a la arquitectura?

La imagen de la rosa para los cabalistas era tan importante por la metáfora que de ella se hacía como el mismo proceso del conocimiento. No se conoce a la rosa deshojando sus pétalos, porque la rosa no es la suma de sus partes ni el centro de ella, para saber lo que ella es, se debe comprender que es un todo, solo así se le conoce. El laberinto es como la misma rosa, no se tiene el laberinto estando en el, el laberinto se conoce desde fuera pero es necesario recorrerlo, el laberinto es un todo.

La palabra como laberinto

La religión judía ha basado, en gran medida, el secreto de su fe en el análisis de su libro sagrado: La Torah. Lo que nos interesa de sus reflexiones es que para ellos la escritura es el espacio del laberinto; el laberinto es una práctica hermenéutica que lleva al conocimiento y, en el sentido místico, a la aproximación a Dios, puesto que él se expresó mediante la palabra por las 10 emanaciones divinas (Sefirot), pronunciadas a través de las 22 letras del alfabeto hebreo, las respuestas, por lo tanto, habrían de encontrarse en los textos. El texto es la representación divina, de allí que cada elemento de la escritura sea significante, ya sean éstos signos de puntuación, espacios dejados en blanco, etc., todo lo que está escrito existe por alguna razón divina, eso es lo que el místico está destinado a descifrar.

Existen 4 niveles de interpretación que coinciden con los de la exegética medieval cristiana, que son el literal, el alegórico, el ético o moral y el místico.

Para los estudiosos no se puede llegar al nivel profundo del texto (entenderlo), sin antes pasar por el nivel literal (o superficial, por llamarlo de otra forma). La interpretación implica un recorrido, el viaje hacia el centro del laberinto; aquel que puede recorrer al laberinto y regresar del mismo, es quien lo ha entendido y descifrado.

Las reglas de interpretación de las que se servían los cabalistas, eran principalmente tres: la gematría, que consiste en asignar valores numéricos a las palabras que a su vez representaban valores religiosos; la gematría era una forma de interpretación muy rigurosa y especializada. Otra más era la temurah, que consiste en el intercambio de letras de las palabras con las cuales se encuentran significados diferentes en el texto por intercambio semántico.

La interpretación para los cabalistas es también un acto creativo, puesto que el interpretar el texto, es crearlo, reproducirlo y decodificarlo; este podría ser nuestro hilo de Ariadna que nos ayude a evitar el perdernos dentro de la construcción mental o real del espacio.

María Fernanda Domato
centro@cdac.com.ar

 

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