Se
ha hablado de la necesidad de librarse de los moldes
condicionantes de la percepción para llegar
a desarrollar la misma en todo su potencial (Krishnamurti),
y la llave está en la historia personal.
Encontramos muchos comentarios sobre este tema en
los textos y transmisiones de los Maestros que nos
precedieron, pero es un tema que parece olvidarse
fácilmente, o bien banalizarse. Cada uno
puede pensar que ya se conoce a si-mismo, pero muchas
veces pone de lado todo lo que no le gusta recordar
de si.
Haré aquí un paralelismo entre esta
constatación de la realidad perceptiva proyectiva
del ser humano y una de las grandes verdades de
la Tradición Hindú y Budista, a saber
que vivimos y evolucionamos en este mundo dentro
de la Ilusión, llamada Maya, y que tan solo
la practica espiritual permite poco a poco ir desarrollando
la capacidad de discernimiento, de descubrimiento
de la Realidad, de ver las cosas tal como son, y
de salir de los ciclos del encerramiento y de la
alienación.
¿Podríamos atrevernos a tomar en cuenta
este aspecto de nuestra realidad? ¿De darnos
cuenta de la importancia de todo esto, del impacto,
de la limitación que supone en nuestras vidas
de personas responsables que quieren evolucionar?
¿Realmente, queremos hacer algo al respecto,
o bien confinarnos en la sensación de que
estamos demasiado evolucionados para pretender cambiar
tantas cosas?
En la tradición Tolteca, los chamanes encerraban
a sus alumnos dentro de una caja de madera, durante
el tiempo necesario para que este llevara a cabo
un trabajo de revisión de su historia personal.
Tenían que recordar todos los acontecimientos
de su vida, y cada día confesarlos al maestro,
y así iban preparándose a recibir
las enseñanzas.
En ciertos monasterios cristianos, cuando los monjes
sentían que se iban alejando del camino,
que surgían obstáculos, dificultades,
iban a una sala especialmente destinada a ser un
lugar de introspección con el propósito
de toma de conciencia y de liberación de
sus propias barreras, incluso las podía expresar
a un hermano que cumplía la función
de terapeuta y le ayudaba a reencontrarse a si-mismo.
Podríamos seguramente encontrar otras tradiciones
que tomaban también en cuenta a nivel concreto
este aspecto del conocimiento de si.
En las tradiciones nativas y los pueblos que llevan
una vida más en armonía con sus propios
ritmos, el problema de desviación de las
funciones vitales que se vive en Occidente no está
tan presente; la vida sexual y afectiva de los niños
no presenta tantos impedimentos y la necesidad de
recurrir a una forma de terapia no tiene el mismo
valor.
El
ego y el ego espiritual
El ego, o yo, es una noción a menudo muy
mal entendida en los medios espirituales.
Se
habla de muerte del ego, pero sin saber exactamente
a que se refiere este proceso, y se tiene tantas
veces la tendencia de confundirlo con la represión
del mismo, con su consecuente encerramiento caracterial.
Se cae así en la trampa del carácter
que siempre nos acompaña, sembrando nuestros
caminos de obstáculos y de sufrimiento.
El ego no es algo que haya que rechazar, somos el
ego. No debemos engañarnos. Cuando se habla
de la muerte del deseo, no se habla de reprimirlo
y hacer como si no estuviera, y que nos vaya royendo
las tripas. Gautama Buda habla del ego (el yo) como
una bolsa sobre la que necesitamos atravesar el
río de la vida, para llegar a la otra orilla,
a la trascendencia, a la luz.
Cuando
el Buda habla de la muerte del deseo, habla de un
proceso de liberación.