Si
alguien nos pregunta si conocemos el Tarot,
seguramente le contestaremos que sí.
Si la pregunta se amplía, y tenemos
que explicar qué sabemos de él,
posiblemente contestaremos que es un mazo
de cartas con dibujos misteriosos, que se
utilizan para adivinar la suerte.
Pero ¿qué es verdaderamente
el Tarot?
El Tarot, fundamentalmente,
es un mazo de cartas (78 en total), compuesto
por 22 láminas o “triunfos”
alegóricos (Arcanos Mayores) y 56 cartas
o láminas (Arcanos Menores).
Existen varios tipos de Tarots, que difieren
entre sí por el diseño, realizados
por culturas distintas, aunque todas con el
mismo significado fundamental.
Las más conocidas son las de diseño
medieval, conocidas como el Tarot de Marsella.
Los orígenes del diseño y del
simbolismo del Tarot se pierden en el pasado,
de tal manera que lo hallamos en la tradición
egipcia, judaica, mesopotámica, china
y en la Europa medieval, asociado con magos,
gitanos, adivinos y alquimistas, entre otros.
Perseguido (aún hoy) por algunos intolerantes,
criticado y exaltado, el Tarot sobrevivió
hasta nuestros días, en que muchos
estudiosos encuentran en sus láminas
simbólicas un profundo conocimiento
psicológico y filosófico.
¿Porqué
Tarot Iniciático?
En la antigüedad, se denominaba
“Iniciación” al método
(generalmente transmitido por medio de un
ritual), en el cual se recibían conocimientos
secretos o al menos de acceso imposible al
mundo profano (de pro - fanus: antes de la
luz), así como las claves para desentrañar
el simbolismo oculto.
Un antiguo maestro del Tarot dijo alguna vez
que si dejáramos a un hombre en soledad,
durante uno o dos años, con un mazo
de cartas del Tarot y el conocimiento de cómo
utilizarlo, podría hablar con profunda
erudición de todos los temas al cabo
de un tiempo.
Anécdotas aparte, en el Tarot se encierran
conocimientos de una arcaica sabiduría,
relacionados con Psicología (arquetipos
humanos y simbolismo inconsciente), Astrología,
Numerología, Cábala, etc.
La relación del simbolismo de la rueda
con el Tarot resulta obvia. Efectivamente:
la palabra “Taro” está
invertida silábicamente, y este nombre
criptogramático quiere decir “Rota”
(Rueda), y no es sino la forma actualizada
-en su espacio y en su tiempo- que toma la
tradición primordial para expresarse.
El Tarot es un sistema que en lugar de tener
páginas impresas con palabras, se expresa
a través de sus símbolos estampados
en una serie de planchas o láminas.
En él se ordena una cosmología
completa, y constituye un modelo del universo,
análogo al mismo, construido con su
misma estructura: de ahí el poder mágico
e iniciático que se le atribuye.
De cualquier forma, se trata de un lenguaje
relacionado con el conocimiento, que se manifiesta
a distinto nivel y de diversas maneras.
El Tarot es ese lenguaje al manifestarlo y
por lo tanto el vehículo que expresa
una sabiduría que él mismo lleva
implícita.
Es un compendio de ciencia actuante, al ser
mensajero de una energía que le da
su razón de ser, y que por cierto lo
trasciende; esto, sin tomar en cuenta su acción
como promotor de imágenes y fecundador
de visiones.
El sistema simbólico - cósmico
del Tarot, sus 78 cartas, se subdivide en
tres paquetes llamados Arcanos Mayores, Arcanos
Menores y Arcanos de la Corte (a los que podríamos
llamar grupo a, b y c), siendo el número
respectivo de estas láminas de veintidós,
cuarenta y dieciséis.
Los
Arcanos Mayores de por sí constituyen
una introducción y una síntesis
de este sistema.
Sus 22 figuras están numeradas en forma
sucesiva de uno a veintiuno, quedando una
carta final sin numerar (“El Loco”),
que tanto puede colocarse al principio como
al final de la serie y que jugaría
el papel del cero: en todo caso, el de principio
y fin, el Alfa y Omega de todo sistema circular,
como es el modelo de la Rueda Cósmica
(Taro-Rota).
Estas cartas tienen nombre diferente y un
símbolo gráfico distinto para
cada una de ellas.
Están luego los Arcanos Menores, que
constituyen también un todo separado.
Su número es de cuarenta naipes, en
una serie del uno al diez, y que admite cuatro
colores o señales en su clasificación,
llamados bastos, espadas, copas y oros.
Esta serie de uno a diez debe relacionarse
con el sistema de Pitágoras y con los
10 Sefirot o emanaciones divinas de la Cábala.
En cuanto a los cuatro “colores”,
están estrechamente vinculados con
cualquier visión cuaternaria del ciclo,
así sea ésta la del movimiento
aparente del sol a lo largo del día
o del año, o el recorrido entero de
un “Manvantara” o ciclo de la
humanidad.
Asimismo, se los debe ligar con los cuatro
elementos y a la división cuaternaria
(en planos o mundos), que se aplica al diagrama
sefirótico de la Cábala.
Por
último, queda un paquete de dieciséis
láminas, que se dividen en los mismos
cuatro colores que los arcanos menores (bastos,
espadas, copas y oros), también diferenciados
en una jerarquía cuaternaria, simbolizada
por el rey, la reina, el caballo o caballero
y la sota o valet.
Los cuatro colores y las cuatro jerarquías
deben relacionarse con los cuatro mundos o
planos cabalísticos, así como
con toda referencia al número cuatro,
a la cruz y al cuadrado, que son los que enmarcan
y limitan un plano o mundo al fijarlo, manifestándolo,
creándolo de esa manera.
Juan
Saquetti
Lic.
Ciencias de la Comunicación
Prof. Universitario - Profesor de Grafología
y Tests proyectivos -Artista Plástico.
|