"Rivadavia
y Rincón!... Vieja esquina / de la
antigua amistad que regresa, / coqueteando
su gris en la mesa que está / meditando
en sus noches de ayer", dice el tango
"Café de los Angelitos",
de Cátulo Castillo y Razzano. Y refiere
a ese mítico punto de encuentro porteño,
ícono de la cultura urbana, que luego
de 15 años reabrió sus puertas
recientemente y, como se ve, luce esplendoroso.
Por sus mesas pasaron figuras como Razzano, Gardel,
Troilo, Pugliese, Gabino Ezeiza, Alfredo
Palacios, José Ingenieros y Florencio
Parravicini.
Antes se llamaba "Café Rivadavia"
y la esquina solía reunir malevos
de distinto calibre. Un otrora comisario
de la zona ironizaba que era el "café
de los angelitos" donde caía
de redada cada tanto. Así fue que
se empezó a usar ese nombre y a mostrar
los mismos dos angelitos en relieve que
ostenta hoy su fachada. Merece una visita.
Una paradoja: en un país donde es
un cultivo menor, el "tomarse un café"
es una ceremonia instaurada en las ciudades,
que convoca encuentros y difícilmente
suscita reyertas.
Cortado con crema o leche, fuerte o suave
o tipo "lágrima" en la
versión más fashion, es una
receta infalible para conversar. Recomendable
para recuperar la expansión de la
comunicación interpersonal, el café,
ahora sin el humo de los cigarrillos en
la ciudad de Buenos Aires, debe volver a
instalarse como cita mágica para
resolver cálidamente las disputas
de negocios, los planes futuros, el estudio,
los conflictos familiares, los males del
amor y mejor aún, el comienzo de
un vínculo que inaugurará
el contacto de las manos, el primer beso
y un teléfono o un mail en una servilleta.
Los tropiezos de las relaciones humanas
tienen en el café compartido un rito
prodigioso que por ese fenómeno tan
particular del ser y su ámbito, saca
a relucir la mejor disposición para
contemporizar, platicar y comprenderse.
No es como en el hogar donde los gritos
y el desplante están permitidos;
es un tiempo dedicado al otro, los silencios
hablan, las miradas son inevitables y los
sentimientos florecen para congraciarse.
Hay quienes leen en la borra del café
(cafeomancia), una costumbre milenaria de
Medio Oriente. Pero si no se tiene ese conocimiento,
igual se puede leer que el café se
acabó y algo bueno habrá ocurrido.
Practíquelo.
Hugo
Kelway
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