Con respecto a la actual
crisis que está padeciendo la humanidad,
podemos decir que somos víctimas de un engaño,
lo que está sucediendo no es por dificultades
económicas ni financieras, sino que es un
problema moral.
La sociedad occidental es muy rica, probablemente
más rica y productiva que nunca.
La masa de dinero circulante en el mundo (en divisas
fuertes) es tan, pero tan grande, que no me atrevo
a darle una cifra.
Tengamos en cuenta, solamente, la magnitud de la
deuda externa adquirida por los países y
la continua inyección de préstamos
que solicitan esos estados a las entidades bancarias
para refinanciar y/o amortizar el capital y/o intereses
de esta deuda.
Además, la producción de bienes, enseres,
maquinarias, alimentos, etc., -gracias a la aplicación
de nuevas tecnologías- se ha incrementado
en grado sumo, dando como corolario la producción
de fabulosas cantidades de los mismos. Pero, he
aquí la paradoja, no se le brinda a las personas
la oportunidad de disfrutarlos, por lo que muchos
de estos productos se van deteriorando. (Ej.: cosechas
que no se levantan para mantener el precio, maquinarias
que se destruyen como chatarra, etc.). Y no se les
da a esa gran cantidad de habitantes de nuestro
planeta la oportunidad porque, como no tienen trabajo,
no tienen dinero.
Yo creo que si las empresas dieran trabajo y fomentaran
el consumo, todos estarían muchísimo
mejor: los trabajadores sin desocupación
-comprando todo aquello que necesiten y les plazca-
y, las empresas, al aumentar sus ventas, incrementarían
sus ganancias.
Como vemos, este mecanismo sencillo favorece a todos.
Si recorriéramos las páginas de la
Biblia, encontraríamos allí todas
las recetas necesarias para paliar la miseria.
Dr.
Enrique Kuna Senderowicz